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Nunca Fue Tuyo / Chapter 10 / 10

Chapter 10 - Catorce escalones

El viernes, la lista sale pegada en la misma pared de siempre.

Esta vez, sin embargo, hay algo distinto: junto a la lista, hay una hoja con el proceso completo de puntuación, firmada por tres jueces distintos, con una nota de Marta explicando que, a partir de ahora, todas las audiciones se van a manejar así, con transparencia, con pesos y contrapesos, con más de un par de ojos revisando cada número antes de que se vuelva definitivo.

Mia busca su nombre con el dedo, de arriba hacia abajo.

No tarda en encontrarlo.

Torres, Mia.

Con una estrella dorada al lado.

No llora esta vez, aunque tiene los ojos brillantes.

Se da la vuelta, busca a Dani entre el grupo de madres y niñas que se agolpan frente a la pared, y cuando la encuentra, corre hacia ella y salta a sus brazos con toda la fuerza de sus ocho años.

Dani la recibe, la levanta del suelo, y por un segundo, solo por un segundo, deja que se le llenen los ojos también, algo que casi nunca se permite frente a nadie.

—Lo logré —dice Mia, contra el hombro de Dani.

—Lo lograste —confirma Dani.

—¿Tú también lo lograste, alguna vez?

La pregunta la toma por sorpresa.

Dani baja a Mia despacio hasta el suelo, se agacha a su altura, el mismo gesto de siempre, y por primera vez, después de tres años de silencio, decide contarle la verdad.

—Yo bailé aquí, antes que tú —dice—. Y perdí un lugar que también me había ganado.

Mia abre mucho los ojos.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque no quería que crecieras pensando que el mundo siempre es injusto.

—¿Y lo es?

Dani lo piensa un momento, buscando la respuesta más honesta que pueda darle a una niña de ocho años parada frente a una pared con su nombre recién pegado.

—A veces sí —dice—. Pero también hay gente que se queda, que mira con atención, que no deja que la injusticia se quede callada para siempre.

—¿Como tú?

—Como Marta. Como tu mamá. Como tú, cuando recogiste ese papel del suelo y no lo soltaste.

Mia se queda pensando en eso, con la seriedad extraña que a veces tienen los niños cuando entienden algo demasiado grande para su edad.

—Entonces tu lugar... —dice, despacio—. ¿Nunca lo recuperaste?

—No de la misma forma.

—¿Y eso te pone triste?

Dani mira hacia la pared, hacia el nombre de Mia con la estrella dorada al lado, hacia los catorce escalones que su prima ha subido tantas veces contando en voz baja.

—Me ponía triste —dice—. Antes de hoy.

Esa tarde, cuando vuelven a casa, encuentran a la mamá de Mia despierta, esperándolas en la puerta, con el turno de noche todavía por delante pero con tiempo suficiente para un abrazo largo y un café compartido en la mesa de la cocina.

Mia les cuenta todo, con lujo de detalle, la lista, la estrella dorada, el salto a los brazos de Dani.

No cuenta, porque no lo sabe todavía, la parte de la historia que pasó semanas atrás en el salón principal: la patada, el empujón, las colchonetas azules cayendo en una esquina.

Esa parte, Dani decide guardarla para cuando Mia sea un poco mayor, para cuando pueda entender que a veces la justicia no llega solo con papeles firmados por tres jueces, sino también con un puño que se cierra en el momento exacto en que ya no queda otra opción.

Esa noche, después de que Mia se duerma, Dani se sienta en el borde de su propia cama y abre el cajón donde guarda el diente de leche y la fotografía de un mensaje que ya cumplió su propósito.

Saca también, de debajo de una pila de ropa doblada, una zapatilla vieja, gastada, con la punta rosa desteñida por el uso.

La suya.

La que dejó de usar hace tres años, el día que decidió que el lugar de Mia importaba más que el suyo propio.

La sostiene un momento, dándole vueltas entre los dedos, igual que Mia hacía con la suya semanas atrás.

Y por primera vez en mucho tiempo, no siente que guardarla sea un acto de pérdida.

Siente que guardarla es un acto de memoria: la prueba de que alguna vez ella también contó escalones, también tembló antes de una audición, también soñó con una estrella dorada junto a su nombre.

Y que, aunque esa estrella nunca llegó para ella, ayudó a que llegara para alguien más.

Al día siguiente, sábado, Mia tiene su primer ensayo oficial con la Compañía Juvenil.

Sube los catorce escalones, esta vez sin contarlos dos veces.

Dani la acompaña hasta la puerta del salón, como siempre, y antes de soltarle la mano, le hace el gesto de siempre: dos apretones.

Aquí estoy.

Mia se los devuelve, dos apretones también, un código nuevo que empieza a construirse sobre el viejo: no solo "aquí estoy", sino también "gracias por quedarte".

Entra al salón.

Los espejos la reciben, multiplicándola en ocho direcciones distintas, ocho niñas idénticas a punto de empezar algo nuevo.

Y en algún lugar de esos ocho reflejos, si uno mira con suficiente atención, también se puede ver, aunque sea solo por un instante, la sombra de otra niña que bailó ahí antes, hace tres años, con la misma intensidad, con el mismo fuego en los pies.

Una niña que nunca tuvo su estrella dorada.

Pero que, a su manera, encontró su propio lugar.

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De pie, en el pasillo, con los brazos cruzados y una promesa cumplida.

FIN.

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