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Nunca Fue Tuyo / Chapter 6 / 10

Chapter 6 - El papel que cae

El salón principal, esa tarde, está lleno de una energía distinta.

Es la primera sesión de la Compañía Juvenil, y aunque solo hay un integrante nuevo —Camila, con su moño apretado y su leotardo negro impecable— el ambiente tiene la solemnidad de un estreno.

Vivian Voss está ahí, por supuesto, con un traje beige y un anillo que atrapa la luz del techo cada vez que mueve la mano.

Marta está en la puerta, con una carpeta bajo el brazo, observando todo con una atención que no pasa desapercibida para nadie, aunque nadie sepa todavía por qué.

Dani entra empujando el carrito de limpieza, como cualquier otra tarde, con Mia caminando a su lado, tomada de su mano.

Nadie repara mucho en ellas.

Son parte del paisaje del estudio: la que limpia y la niña que a veces la acompaña.

Camila está en el centro del salón, calentando, estirando una pierna hacia el espejo mientras su reflejo la observa desde ocho ángulos distintos.

Ve a Mia entrar.

Y sonríe.

No una sonrisa amable.

Una sonrisa que Mia reconoce enseguida, aunque no sepa ponerle nombre: la sonrisa de alguien que sabe que ganó algo que no le pertenecía, y que disfruta que la persona a la que se lo quitó esté mirando.

—¿Viniste a verme practicar? —dice Camila, en voz alta, lo suficientemente alta para que varias cabezas se giren.

Mia no responde.

Aprieta más fuerte la mano de Dani.

—Deberías estar orgullosa —sigue Camila—. No cualquiera puede decir que estuvo cerca.

Es una frase pequeña.

Una frase que, para cualquier adulto que la escuche, sonaría casi inocente, casi como un cumplido torcido de adolescente.

Pero Mia la siente como una patada en el pecho, porque Mia sabe —aunque no tenga las palabras exactas para explicarlo— que "cerca" no es lo que pasó.

Lo que pasó fue otra cosa.

Y esa otra cosa tiene un nombre que Dani ya conoce, guardado en una fotografía dentro de su propio teléfono.

Dani suelta la mano de Mia, despacio.

Se agacha, otra vez, hasta la altura de los ojos de su prima.

—¿Puedes esperarme un minuto en el pasillo? —le pregunta, con una calma que no siente por dentro.

Mia asiente, sin entender del todo, y camina hacia la puerta.

Pero no llega a salir.

Porque justo en ese momento, algo cae de las manos de Vivian Voss.

Un papel.

Blanco, doblado en dos, que se le resbala de la carpeta que sostiene mientras cruza el salón para hablar con la instructora principal.

Cae despacio, girando en el aire, y aterriza a los pies de Mia.

Mia se agacha, casi por instinto, y lo recoge.

Lo mira sin querer, solo un segundo, lo suficiente para ver una columna de números y, junto a uno de ellos, un nombre.

Torres, M.

Y al lado, un número tachado, y otro escrito encima.

El mismo patrón que Dani le describió esa noche en la cocina, hace días, mientras Mia fingía dormir en el sillón sin en realidad estar dormida del todo.

Mia no entiende los detalles.

Pero entiende lo suficiente.

Entiende que ese papel tiene su nombre.

Entiende que ese papel tiene un número que no debería estar tachado.

Y se le llenan los ojos de lágrimas antes de que pueda evitarlo, ahí, parada en medio del salón, con el papel temblando entre sus dedos pequeños.

Se deja caer de rodillas, sin soltarlo, y llora con la boca abierta, sin poder contenerlo, el llanto de una niña que finalmente entiende que lo que pasó no fue un "casi", ni una casualidad, ni mala suerte.

Fue un robo.

Dani ve todo desde el otro lado del salón.

Ve a Mia de rodillas.

Ve el papel en sus manos.

Y algo en ella, algo que llevaba tres años contenido detrás de un trabajo de limpieza y una promesa susurrada en la oscuridad, se suelta de golpe.

Camina hacia Mia, hacia Camila, hacia el centro del salón, con pasos que no dejan lugar a dudas sobre lo que viene.

—¿Qué es esto? —pregunta Dani, en voz alta, señalando el papel en las manos de Mia sin siquiera tocarlo.

Camila la mira, primero con sorpresa, después con esa misma arrogancia de siempre.

—No sé de qué hablas.

—Cambiaste los puntajes —dice Dani, y su voz no tiembla, aunque por dentro todo en ella esté temblando—. Ella se ganó ese lugar.

Camila sonríe, una sonrisa fría, calculada.

—¿Y tú qué vas a hacer al respecto?

Es la pregunta equivocada.

Porque Dani, en ese momento, con el recuerdo de su propia audición perdida tres años atrás, con la zapatilla rota de Mia todavía sobre el velador de su cuarto, con el papel temblando en las manos de una niña de ocho años que solo quería bailar, ya tiene una respuesta.

Camila da un paso adelante, sin borrar la sonrisa, e intenta empujar a Dani, un empujón desdeñoso, como quien aparta a alguien que no merece estar ahí.

Y entonces, sin previo aviso, sin gritos, sin más palabras de por medio, lanza una patada alta directo al pecho de Dani.

El impacto la hace retroceder, tambalearse hacia atrás, hasta chocar la espalda contra el espejo de la pared.

El salón entero se queda en silencio.

Mia, todavía de rodillas, deja de llorar por un segundo, con el papel apretado contra el pecho, mirando a su prima recuperar el equilibrio contra su propio reflejo multiplicado.

Y en ese silencio, algo queda claro para todos los que están mirando:

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Esto ya no se va a resolver con palabras.

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