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Nunca Fue Tuyo / Chapter 3 / 10

Chapter 3 - Lo que Dani nunca contó

Para entender por qué Dani cerró ese cajón con tanto cuidado, hay que ir un poco más atrás.

Tres años atrás, para ser exactos.

Dani tenía catorce años y un sobre azul con su nombre.

Bailaba desde los cinco, en el mismo estudio, en el mismo salón con espejos en las cuatro paredes.

Su mamá —la tía de Mia, hermana de la mamá de Mia— trabajaba dos turnos para pagar las clases, y Dani lo sabía, y por eso bailaba con una intensidad que asustaba un poco a las otras niñas, como si cada giro tuviera que justificar cada hora extra que su mamá pasaba de pie en un mostrador.

Hubo una audición, igual que ahora.

Un solo lugar, igual que ahora.

Dani bailó, y bailó bien, tan bien que el hombre de la barba blanca —que entonces ya estaba en el jurado, y que sigue estando ahí hoy— se puso de pie al final, algo que nunca hacía.

El viernes, la lista salió pegada en la misma pared.

Y el nombre de Dani no estaba.

En su lugar, en el primer puesto, con la misma estrella dorada, estaba el nombre de una niña cuya mamá —Dani se enteraría meses después, por un comentario a media voz de una de las profesoras— había hecho una "donación generosa" al estudio esa misma semana.

Dani nunca lo comprobó.

No tenía pruebas, no tenía una hoja con un número tachado, no tenía nada más que una sospecha que le quemaba el estómago cada vez que pasaba frente a esa pared.

Su mamá le dijo que lo dejara pasar.

—No podemos pelear contra gente así —le dijo, una noche, sentada en el borde de la cama de Dani, acariciándole el pelo—. Gente así siempre gana.

Dani asintió.

Porque asentir era más fácil que preguntar.

Y siguió bailando un tiempo más, hasta que el dinero se puso más difícil, hasta que su mamá se enfermó y perdió uno de los dos turnos, hasta que Dani, a los quince años, dejó las clases y empezó a limpiar salones a cambio de que su prima pequeña —que ya para entonces mostraba el mismo fuego en los pies— pudiera seguir bailando en su lugar.

Nadie le pidió que hiciera ese sacrificio.

Dani simplemente lo hizo, la misma tarde en que vio a Mia, de cinco años, bailar sola en la sala de la casa al ritmo de una canción de la radio, sin que nadie se lo hubiera enseñado.

Desde entonces, Dani decidió una cosa, en silencio, sin decírselo a nadie:

Si ella no iba a tener su lugar, al menos se iba a asegurar de que Mia tuviera el suyo.

Limpio.

Justo.

Sin números tachados.

Por eso, tres años después, cuando encuentra esa hoja en el cajón entreabierto, algo en Dani no siente sorpresa.

Siente, más bien, una especie de reconocimiento amargo.

Ahí estás, piensa. Sabía que existías en algún lado.

Esa tarde, después de encontrar la planilla, Dani no va directo a casa.

Se sienta en las gradas de un parque cercano, sola, con la hoja doblada en el bolsillo quemándole la pierna como si fuera brasa.

Piensa en su mamá, en aquella frase: gente así siempre gana.

Piensa en Mia, sentada en el suelo de la cocina, acariciando la punta gastada de su zapatilla.

Piensa en el diente de leche que todavía no ha sacado del bolsillo de la sudadera.

Y piensa, por primera vez en tres años, que tal vez su mamá estaba equivocada.

Tal vez la gente así no siempre gana.

Tal vez solo gana cuando nadie mira lo suficientemente cerca.

Dani saca el teléfono.

Tiene el número de la dueña del estudio, una mujer llamada Marta, que la contrató para limpiar los salones y que, en tres años, nunca ha tratado a Dani como "solo la que limpia".

Escribe un mensaje, lo borra.

Lo vuelve a escribir.

Necesito hablar contigo. Es sobre las audiciones.

Lo envía antes de poder arrepentirse.

La respuesta llega casi de inmediato.

Mañana a las 8, antes de que abramos. ¿Todo bien?

Dani mira la hoja doblada, todavía sin desdoblar del todo, como si desdoblarla completamente fuera a hacer que lo que hay escrito ahí se vuelva más real de lo que ya es.

No —escribe—. Pero puede que empiece a estarlo.

Esa noche, cuando llega a casa, Mia ya está dormida en el sillón, con la televisión encendida y el sonido apagado, la zapatilla rosa todavía en la mano.

Dani la levanta con cuidado, sin despertarla, y la lleva a su cuarto.

Antes de acostarla, le quita la zapatilla de la mano y la deja sobre el velador, con cuidado, como quien deja algo sagrado.

Se queda un momento mirando a su prima dormir.

—No vas a perder tu lugar —le susurra, aunque Mia no puede escucharla—. Yo perdí el mío. Tú no vas a perder el tuyo.

Y con esa promesa —hecha en voz baja, en un cuarto oscuro, a una niña dormida que no la escucha— Dani apaga la luz y se prepara para lo que viene.

Todavía no sabe que lo que viene incluye un puñetazo, una patada alta, y un montón de colchonetas azules cayendo en una esquina del estudio.

Todavía no sabe que la promesa que acaba de hacer va a cumplirla, literalmente, con los puños.

Pero mañana a las ocho, cuando se siente frente a Marta con la hoja desdoblada sobre la mesa, algo se va a empezar a mover.

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Y ese movimiento, como una rueda que lleva tres años detenida, ya no se va a poder frenar.

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