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Nunca Fue Tuyo / Chapter 2 / 10

Chapter 2 - La pared del pasillo

El viernes llega como llegan todos los viernes: despacio en la mañana, rápido en la tarde.

Mia cuenta las horas de clase igual que cuenta los escalones.

Uno, dos, tres, hasta que el timbre suena y ella ya tiene la mochila en la espalda antes de que la maestra termine de decir "pueden retirarse".

Dani la espera en la puerta del colegio, apoyada contra la reja, con los audífonos colgando del cuello sin sonido, mirando el teléfono.

No dice nada cuando Mia llega corriendo.

Solo le extiende la mano y caminan.

El estudio queda a doce cuadras.

Las caminan en silencio, un silencio que no es incómodo, es solo el silencio de dos personas que ya se conocen tanto que no necesitan llenar el aire con palabras.

Cuando llegan, hay un grupo de niñas frente a la pared del pasillo.

Algunas gritan.

Algunas lloran.

Una madre abraza a su hija tan fuerte que la niña se queja de que no puede respirar, pero se ríe mientras lo dice.

Mia se queda parada en la puerta.

No puede moverse.

Sus pies, que hace tres días bailaron solos, ahora pesan como si tuvieran piedras adentro de las zapatillas.

—Vamos —dice Dani, y le pone una mano en la espalda, suave, como quien empuja un columpio sin querer que se vaya muy lejos.

Se abren paso entre el grupo.

La lista está pegada con cinta adhesiva, un poco torcida, como si la hubieran puesto con prisa.

Mia busca su nombre con el dedo, de arriba hacia abajo, la T de Torres, tiene que estar cerca del final.

No está.

Lo busca de nuevo.

No está.

Lo busca una tercera vez, porque a veces las letras se esconden cuando uno tiene miedo, y las letras a veces juegan sucio.

No está.

El nombre que sí está, en el primer lugar de la lista, con una estrella dorada al lado, es:

Camila Voss.

Mia no conoce a Camila Voss.

No sabe que es rubia, que tiene un moño tan apretado que parece pintado en la cabeza, que su mamá tiene un anillo que brilla más que las luces del techo.

Solo sabe que su propio nombre no está en ningún lado de ese papel.

Y que el papel no tiene explicación, no tiene "casi", no tiene "por poco".

Solo tiene ausencia.

Mia no llora ahí, delante de todas.

Eso viene después, en el auto de la tía que las lleva a casa, cuando ya nadie la está mirando y puede soltar el aire que llevaba atorado en el pecho desde que leyó la lista por tercera vez.

Llora con la cabeza contra la ventana, el vidrio frío contra la mejilla, mientras las calles pasan borrosas afuera.

Dani no dice nada durante todo el trayecto.

Solo le sostiene la mano, dos apretones, el código de siempre.

Pero por dentro, algo en Dani se pone rígido, como un puño que se cierra antes de que la persona sepa que va a pelear.

Porque Dani vio la audición de Mia.

Dani estuvo ahí, sentada en el pasillo, escuchando la música a través de la puerta entreabierta, y sabe —sabe con una certeza que no necesita pruebas— que lo que su prima hizo esa tarde no era un "casi".

Era, de hecho, lo mejor que Mia había bailado en su vida.

Esa noche, en la cocina del apartamento pequeño donde viven las tres —Mia, Dani, y la mamá de Mia cuando no está trabajando—, Mia se sienta en el suelo con la espalda contra el refrigerador.

No quiere cenar.

No quiere hablar.

Tiene en las manos su zapatilla rosa, la buena, y con el pulgar acaricia la punta gastada, una y otra vez, como si eso pudiera devolverle algo.

—¿Sabes qué es lo peor? —dice, sin mirar a Dani, que está sentada en el suelo frente a ella—. Que ni siquiera me dijeron por qué.

—A veces no hay un porqué.

—Siempre hay un porqué.

Dani no responde enseguida.

Mira el teléfono que tiene en la mano, la pantalla apagada, reflejando su propia cara cansada.

—Tienes razón —dice al fin—. Siempre hay un porqué.

—¿Y tú lo sabes?

—Todavía no.

Mia levanta la vista.

Hay algo en la voz de Dani que no había escuchado antes, algo más frío, más quieto, como el aire justo antes de que empiece a llover.

—Pero lo vas a averiguar —dice Mia. No es una pregunta.

—Sí —dice Dani—. Lo voy a averiguar.

Esa noche, Dani no duerme.

Se queda despierta en su cama, mirando el techo, repasando cada segundo de la audición de Mia que alcanzó a escuchar desde el pasillo.

Recuerda el silencio después de la música.

Recuerda que ese silencio significaba algo bueno.

Recuerda, también, una cosa pequeña, casi insignificante, que en su momento no le dio importancia: la mujer del anillo brillante mirando el reloj, escribiendo algo antes de que Mia terminara de bailar.

Antes.

No después.

Antes.

Dani se sienta en la cama, de golpe, como si esa palabra la hubiera empujado.

Antes.

¿Cómo se puede calificar algo que todavía no ha pasado?

A la mañana siguiente, Dani llega al estudio antes de que abra.

Tiene un trabajo ahí, medio tiempo, limpiando los salones después de las clases, un arreglo que hizo con la dueña del estudio a cambio de que las clases de Mia salieran más baratas.

Ese trabajo le da algo que nadie más tiene: una llave.

Y con esa llave, entra al pasillo de las oficinas, donde nunca antes había tenido motivo para entrar.

No busca nada específico.

Solo busca una explicación.

Y a veces, cuando uno busca una explicación con suficientes ganas, termina encontrando algo mucho más grande de lo que esperaba.

En un cajón entreabierto del escritorio de la recepción, medio escondida bajo una carpeta de horarios, hay una hoja.

Una planilla de puntajes.

Con el nombre de Mia Torres en la columna de la izquierda.

Y un número tachado.

Y, al lado, escrito con otra tinta, un número más bajo.

Dani se queda parada ahí, con la hoja en la mano, sintiendo que el suelo del pasillo se vuelve un poco más inestable de lo que era hace un minuto.

No sabe todavía quién tachó ese número.

Pero sabe, con la misma certeza con la que supo que la audición de Mia había sido perfecta, que alguien mintió.

Y que ese alguien tiene un anillo que brilla más que las luces del techo.

Dobla la hoja con cuidado.

La guarda en el bolsillo de la sudadera, junto al diente de leche que todavía no ha sacado de ahí.

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Y cierra el cajón, despacio, como quien cierra una puerta detrás de la cual sabe que algo está a punto de empezar.

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