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Nunca Fue Tuyo / Chapter 7 / 10

Chapter 7 - Ocho espejos

Dani recupera el equilibrio en menos de un segundo.

Los años de baile —los mismos años que le enseñaron a caer sin lastimarse, a controlar cada músculo del cuerpo, a leer el ritmo de un movimiento antes de que termine— ahora le sirven para algo distinto.

Camila avanza de nuevo, envalentonada por el primer golpe, lanzando una patada lateral con la misma seguridad de alguien acostumbrada a que nadie le responda.

Dani se agacha, esquiva la pierna por debajo, siente el aire del movimiento pasar sobre su cabeza.

Se incorpora rápido, justo a tiempo para levantar los antebrazos y bloquear los dos puñetazos que le siguen.

El sonido de los golpes contra los brazos resuena en el salón lleno de espejos, un sonido seco, multiplicado ocho veces por los reflejos.

Alguien grita que llamen a Marta.

Marta ya está corriendo hacia el salón, con el teléfono en la mano, marcando un número.

Vivian Voss se ha quedado paralizada cerca de la puerta, con la carpeta apretada contra el pecho, sin poder —o sin querer— moverse.

Dani contraataca.

Un golpe directo, corto, entrenado, que impacta en el hombro de Camila y la hace retroceder un paso.

No es un golpe de rabia descontrolada.

Es preciso, calculado, con la misma disciplina que Dani aplicaba en cada ensayo de baile antes de dejarlo, como si su cuerpo recordara que la técnica sirve para muchas cosas, no solo para bailar.

Camila, sorprendida por la fuerza del golpe, intenta recomponerse, pero Dani ya está encima, sujetándola de los hombros con ambas manos.

—Ella se ganó ese lugar —repite Dani, con los dientes apretados, empujando a Camila hacia atrás con toda la fuerza que tiene—. Y tú nunca te lo ganaste.

El empujón es tan fuerte que Camila pierde el equilibrio por completo.

Vuela hacia atrás, cruzando el salón, hasta la esquina donde están apiladas las colchonetas azules de gimnasia.

El golpe contra las colchonetas hace que la pila entera se derrumbe, tapándola parcialmente entre capas de espuma azul que se desparraman por el suelo como olas que finalmente rompen contra la orilla.

Silencio.

Un silencio distinto al de antes.

Un silencio de después de la tormenta, no de antes.

Camila se queda ahí, entre las colchonetas caídas, sin moverse por un segundo, más aturdida que herida, con el moño deshecho y unos mechones rubios cayéndole sobre la cara.

Dani respira agitada, con el pecho subiendo y bajando rápido, sintiendo el golpe de la primera patada todavía latiendo en el esternón.

Se acerca, despacio, no hacia Camila, sino hacia el suelo, donde entre la confusión del forcejeo cayó también el teléfono negro que Camila siempre lleva pegado a la mano.

Se agacha.

Lo recoge.

Lo sostiene en la palma, mirando la pantalla rota en la esquina, la misma pantalla que una vez se encendió sola frente a sus ojos con un mensaje que decía "Ya arreglé lo de la niña Torres".

Camila, todavía entre las colchonetas, la mira desde abajo, con una mezcla de dolor, sorpresa, y algo parecido al miedo por primera vez.

Dani no grita.

No necesita gritar.

Solo se inclina un poco, lo suficiente para que su voz, aunque baja, llegue clara a los oídos de Camila y a los de todos los que están mirando desde los bordes del salón.

—Nunca te ganaste ese lugar —dice.

Cinco palabras.

Nada más.

Pero pesan como si fueran cien.

Detrás de ella, Mia sigue de rodillas donde la dejó, con el papel todavía apretado contra el pecho, mirando la escena con los ojos muy abiertos, sin llanto ya, solo con una especie de asombro silencioso, como quien ve por primera vez que la justicia, a veces, no llega con palabras suaves.

Marta entra corriendo al salón justo en ese momento, con el teléfono todavía en la mano, y se detiene en seco al ver la escena: las colchonetas desparramadas, Camila entre ellas, Dani de pie con el teléfono ajeno en la mano, y Vivian Voss, pálida, sin poder decir una sola palabra.

—¿Qué pasó aquí? —pregunta Marta, aunque una parte de ella, mirando el papel que Mia todavía sostiene contra el pecho, ya empieza a intuir la respuesta.

Dani no responde de inmediato.

Camina hacia Marta, y le entrega el teléfono negro, con la pantalla rota, sin decir nada más que:

—Ahí adentro hay un mensaje que puede ayudarte con esas carpetas que llevas semanas revisando.

Marta mira el teléfono en su mano, después mira a Vivian Voss, que sigue sin moverse, sin hablar, con la cara cada vez más pálida.

Y entonces, por primera vez en tres años, algo en el estudio empieza a cambiar de verdad.

No con un puñetazo.

No con una patada.

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Sino con lo que viene después.

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