Chapter 9 - El diente de leche

Pasan dos semanas.
Dos semanas de reuniones, de llamadas, de una junta directiva que se toma su tiempo para revisar carpetas y firmar decisiones.
Vivian Voss ya no forma parte del jurado.
Su nombre desaparece, sin ruido, de la lista de patrocinadores principales del estudio, y con él desaparece también buena parte del presupuesto que sostenía ciertas clases, algo que preocupa a Marta más de lo que le gustaría admitir en voz alta.
Pero eso, decide, es un problema para resolver después.
Primero está lo urgente: la nueva audición, la que corrige lo que se torció.
Camila no se presenta.
Su familia decide, sin que nadie se los pida, cambiarla de estudio, empezar de nuevo en otro lugar donde nadie conozca la historia del teléfono roto y las colchonetas azules.
Antes de irse, sin embargo, Camila hace algo que nadie esperaba.
Una tarde, mientras Dani limpia el salón principal después de las clases, Camila aparece en la puerta, con una mochila al hombro, lista para irse del estudio para siempre.
—No vine a pedir perdón —dice, de entrada, como si necesitara aclararlo antes de decir cualquier otra cosa—. No sé si eso me corresponde a mí.
Dani deja el trapo sobre una de las bancas, esperando.
—Solo quería decir que... —Camila busca las palabras, incómoda, sin la seguridad de siempre—. Que ojalá hubiera preguntado antes. Ojalá hubiera querido saber la verdad en vez de solo querer ganar.
Dani la mira un momento largo.
—La próxima vez que preguntes —dice finalmente—, hazlo antes de subir al escenario. No después.
Camila asiente, se da la vuelta, y se va sin decir nada más.
Es lo más parecido a una disculpa que alguna vez va a poder dar, y Dani, de alguna manera extraña, lo acepta como suficiente.
El día de la nueva audición, Mia cuenta los escalones dos veces otra vez, aunque esta vez no le tiemblan tanto las manos.
Lleva puesta una zapatilla nueva, comprada con el dinero que Dani ahorró de sus horas extra de limpieza, aunque Mia no lo sabe todavía y probablemente no lo sepa en años, porque hay sacrificios que no se cuentan, solo se hacen.
—Catorce escalones —dice Mia, en el pasillo, antes de entrar—. Los mismos de siempre.
—Buena señal —dice Dani.
—¿Estás segura esta vez de que es buena señal?
—No —admite Dani, sonriendo—. Pero suena mejor decirlo así.
El jurado, esta vez, tiene tres personas nuevas, además del hombre de la barba blanca que sigue ahí, el único que se puso de pie hace tres años cuando Dani bailó, y que hoy, antes de que empiece la audición, le hace un gesto pequeño con la cabeza, como reconociéndola, aunque nunca hablen del tema directamente.
Mia entra al salón.
Los espejos la multiplican otra vez, ocho niñas iguales mirándola desde todos los ángulos.
Respira.
Cuenta hasta cuatro.
Y baila.
No piensa en Camila.
No piensa en el papel que cayó de las manos de Vivian Voss.
No piensa en la patada, ni en las colchonetas, ni en el teléfono con la pantalla rota.
Piensa en la cocina, en la radio bajito, en Dani marcando el ritmo con los nudillos sobre la mesa.
Y sus pies, otra vez, dejan de pertenecerle a ella y empiezan a pertenecer solamente a la música.
Cuando termina, el silencio que sigue es, otra vez, el silencio bueno.
Esta vez, sin embargo, no hay ninguna mujer con un anillo brillante escribiendo un número antes de que la música termine.
Solo hay tres personas anotando, con calma, con atención, mirando de verdad lo que acaban de ver.
Mia hace su reverencia, la mano en el pecho, la cabeza inclinada, y sale del salón con las piernas temblando de nuevo, aunque esta vez el temblor tiene otro sabor.
Dani la espera en el pasillo, con los brazos cruzados, igual que siempre.
—¿Y? —pregunta.
—Creo que estuvo bien.
—¿Solo bien?
Mia sonríe, con el hueco todavía visible donde antes estaba el diente que se le cayó semanas atrás, un diente que Dani todavía guarda, sin decir nada, en un cajón de su cuarto, junto a la fotografía de un mensaje de texto que ya no va a necesitar volver a mirar.
—Estuvo perfecto —dice Mia.
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Y esta vez, nadie tiene que ir a comprobarlo en una hoja escondida en un cajón.
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