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EL MARCO DORADO / Chapter 10 / 10

Chapter 10 - Lo que queda cuando se va la tormenta

Seis meses después, la casa tiene un ritmo distinto.

Más simple.

Más tranquilo.

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Leo, ahora con ocho años recién cumplidos, guarda su dinosaurio verde — con la oreja pegada, casi invisible la reparación después de tanto tiempo — en un estante de su cuarto, junto a otros juguetes que ha ido acumulando desde entonces.

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Cada mañana, antes de ir al colegio, lo toca una vez, un pequeño ritual que nadie le enseñó pero que él mismo decidió empezar, como quien saluda a un viejo amigo antes de salir a enfrentar el día.

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Sofía, ahora con once años, ha empezado a guardar un cuaderno distinto, uno que no es para el colegio, donde escribe pequeñas cartas para su madre cada cierto tiempo, contándole cosas simples: cómo le fue en un examen, qué película vio con su papá, cómo se siente Leo cuando algo le recuerda a ella.

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Una tarde de domingo, los tres — Andrés, Sofía y Leo — están sentados en el jardín trasero de la casa, comiendo helado directamente de sus propios conos, sin ninguna prisa, sin ningún adulto vigilando cada movimiento con desconfianza.

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—Papá —dice Leo, entre una cucharada y otra—. ¿Vas a casarte de nuevo algún día?

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La pregunta llega sin aviso, directa, con esa curiosidad simple que solo tienen los niños cuando algo cruza por su cabeza sin ningún filtro entre el pensamiento y la palabra.

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Andrés se toma un momento para responder, mirando a sus dos hijos, notando cómo el sol de la tarde les ilumina el rostro de una manera que, hace seis meses, hubiera sido imposible de imaginar en esa casa.

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—Tal vez algún día, campeón. Pero si eso pasa, va a ser con alguien que ustedes dos aprueben primero. Sin excepciones.

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—¿Cómo la vamos a aprobar?

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—Fácil —dice Sofía, sonriendo por primera vez en toda la conversación—. Si le gusta de verdad a Leo y no le tira sus juguetes, ya tiene la mitad del trabajo hecho.

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Leo se ríe, un sonido claro, sin ninguna sombra detrás, y Andrés siente que ese sonido, más que cualquier otra cosa en los últimos seis meses, es la señal más clara de que finalmente están saliendo del otro lado de todo lo que pasó.

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—¿Y la carta de mamá? —pregunta Leo, de repente, cambiando de tema con la rapidez característica de su edad—. ¿Todavía la tienes?

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—Sí. La guardo en mi escritorio. A veces la releo.

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—¿Por qué?

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—Porque me recuerda que tu mamá me cuidó incluso después de irse. Eso es algo que no quiero olvidar nunca.

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Sofía apoya la cabeza en el hombro de su padre, todavía con el cono de helado a medio terminar en la mano, y por un momento los tres se quedan en silencio, un silencio cómodo, sin tensión, sin nada oculto esperando salir a la luz.

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Solo una familia, en un jardín, en una tarde de domingo cualquiera, con un dinosaurio de plástico esperando en un estante, una carta guardada en un escritorio, y una fotografía en un cajón que, algún día, cuando estén listos, tal vez vuelvan a sacar para recordar, sin dolor, a la mujer que los protegió incluso cuando ya no podía estar ahí para hacerlo con sus propias manos.

FIN

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