Chapter 8 - Recoger lo que quedó en el suelo

Andrés camina hacia la consola de madera, se arrodilla, y mete la mano en el espacio estrecho detrás del mueble hasta que sus dedos encuentran la pequeña figura de plástico verde.
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La saca con cuidado, revisándola bajo la luz de la tarde, notando la oreja rota, ya vieja, con el plástico desgastado en los bordes por años de uso constante.
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—Aquí está.
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Se lo entrega a Leo, que lo recibe con las dos manos, apretándolo contra el pecho de la misma manera en que lo hizo hace apenas media hora, antes de que todo esto empezara.
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—Gracias, papá.
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—¿Sabes qué? Creo que deberíamos pegarle la oreja. Tengo pegamento especial en mi taller. Podemos arreglarlo juntos esta noche.
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Los ojos de Leo se iluminan, un cambio pequeño pero real, la primera señal de algo parecido a la alegría después de una tarde tan pesada.
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—¿De verdad?
—De verdad.
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Mientras tanto, Sofía se ha sentado en el suelo del pasillo, recogiendo con cuidado cada cuaderno, cada lápiz, ordenándolos de nuevo dentro de la mochila azul marino con la paciencia de alguien que necesita las manos ocupadas para poder pensar con claridad.
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Ivonne, en el fondo del pasillo, observa la escena sin acercarse.
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—Andrés, ¿puedo al menos despedirme de los niños antes de irme?
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Andrés se pone de pie, mirándola con una expresión que ya no tiene rastro de la ira explosiva de hace un rato, pero tampoco ninguna calidez.
Solo cansancio.
Y una decisión ya tomada.
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—Pregúntales a ellos. Es su decisión, no la mía.
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Ivonne se acerca despacio hacia donde Sofía sigue recogiendo cuadernos del suelo.
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—Sofía, lamento mucho lo que pasó hoy. Lamento haberte pegado.
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Sofía levanta la vista, todavía con la marca roja visible en la mejilla, aunque ya empieza a desvanecerse un poco con el paso de los minutos.
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—No quiero que te despidas de mí.
Solo quiero que te vayas.
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La respuesta, tan directa, tan sin adornos, deja a Ivonne sin ninguna palabra más que ofrecer.
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Se gira hacia Leo, que sigue sentado junto a su padre, sosteniendo el dinosaurio de plástico con ambas manos.
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—Leo, cariño, yo...
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—Tiraste el juguete de mi mamá.
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El niño lo dice sin rencor evidente en la voz, con esa manera directa que solo tienen los niños de nombrar exactamente lo que pasó, sin suavizarlo, sin adornarlo, sin ninguna intención de hacer sentir mejor al adulto que escucha.
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—No quiero decirte adiós tampoco.
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Ivonne asiente, despacio, y por primera vez en toda la tarde, algo parecido a las lágrimas empieza a asomar en sus propios ojos, aunque nadie en ese pasillo, después de todo lo que pasó, siente ninguna necesidad de consolarla por eso.
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—Entiendo.
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Se da la vuelta, camina hacia las escaleras que llevan al segundo piso, donde está su habitación, y sus pasos, esta vez, suenan distintos a los tacones firmes y silenciosos con los que caminaba al principio de la tarde.
Suenan cansados.
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Derrotados.
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