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EL MARCO DORADO / Chapter 3 / 10

Chapter 3 - La pregunta que exige respuesta

—¿Quién te hizo esto?

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Andrés hace la pregunta a pesar de que ya conoce la respuesta, a pesar de que la única otra persona adulta en ese pasillo es la mujer con la que se casó hace apenas ocho meses.

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—Fue ella, papá.

Le pegué... digo, no, ella me pegó porque le pedí que dejara en paz a Leo.

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Sofía se corrige a sí misma a mitad de la frase, con la voz todavía temblando, y esa pequeña confusión — tan propia de alguien que acaba de vivir algo demasiado grande para procesarlo con calma — hace que a Andrés se le apriete algo en el pecho.

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—Ivonne.

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Su nombre, dicho así, plano, sin ningún adorno, cae en el pasillo como una piedra en agua quieta.

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—Andrés, tienes que entender el contexto. Ella me habló de una manera muy irrespetuosa, yo solo...

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—¿Le pegaste?

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—Fue un impulso. No lo planeé. Simplemente pasó.

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—Un impulso.

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Andrés repite la palabra, despacio, como si necesitara escucharla dos veces para creer que alguien realmente la estaba usando como explicación frente a la marca roja que todavía se dibuja sobre la mejilla de su hija.

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Se agacha frente a Leo, que sigue de pie entre los cuadernos regados, y le pone una mano suave sobre el hombro.

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—¿Estás bien, campeón?

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Leo asiente, aunque sus ojos siguen fijos en el punto del pasillo donde el dinosaurio de plástico desapareció detrás de la consola de madera hace apenas unos minutos.

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—Tiró mi dinosaurio. El que me regaló mamá.

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Andrés sigue la mirada de su hijo, ve el pequeño juguete verde asomando apenas detrás del mueble, y algo dentro de él, que llevaba meses conteniendo dudas, sospechas, pequeñas señales que había preferido no mirar de frente, finalmente se rompe por completo.

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Se pone de pie.

Camina hacia Ivonne, deteniéndose a poca distancia de ella, lo suficientemente cerca para que su voz no necesite subir de volumen para sentirse enorme en ese pasillo.

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—¿Qué les hiciste a mis hijos?

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—Nada que no necesitaran. Necesitan disciplina, Andrés. Los estás criando sin ningún límite, y eso...

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—La disciplina no es humillación.

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—No los estoy humillando.

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—Le tiraste un juguete que le regaló su madre. Le dijiste a mi hija que dejara de llorar mientras la marca de tu mano todavía le arde en la cara.

Eso no es disciplina, Ivonne. Es crueldad.

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Ivonne cruza los brazos, y en su rostro aparece algo que Andrés no había visto antes, o que tal vez había visto pero se había negado a nombrar: un desprecio frío, contenido, que parece haber estado esperando el momento exacto para salir a la superficie.

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—Él ni siquiera pertenece a esta familia de la misma manera que tú crees.

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La frase cae en el pasillo con un peso distinto a todo lo demás.

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—¿Qué acabas de decir?

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—Nada. Olvídalo.

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—No. Repítelo.

Repite exactamente lo que acabas de decir.

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Andrés da un paso más hacia ella, y por primera vez en toda la escena, algo en la postura de Ivonne se quiebra ligeramente, un titubeo pequeño, casi imperceptible, pero que Sofía, observando todo desde donde está parada con Leo, alcanza a notar de inmediato.

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—Solo quise decir que un niño necesita más estructura de la que...

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—No estás hablando de estructura.

Estás hablando de él como si no fuera mi hijo.

Como si no perteneciera a esta casa.

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Leo, escuchando cada palabra, aprieta la mano de su hermana con más fuerza, sin entender del todo lo que está pasando, pero entendiendo, a su manera, que algo grande, algo que va a cambiar todo, está a punto de suceder en ese pasillo.

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