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EL MARCO DORADO / Chapter 2 / 10

Chapter 2 - La marca que quedó

El golpe llega antes de que Sofía pueda apartarse.

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La palma de la mano de Ivonne conecta con su mejilla derecha, un sonido seco que rebota por todo el pasillo, tan fuerte que Leo lo siente en su propio cuerpo, como si el aire mismo se hubiera partido en dos.

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Sofía retrocede un paso.

Sus manos suben a su propia cara, cubriendo la zona donde el golpe acaba de caer, y por un momento, largo, eterno, no dice absolutamente nada.

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Solo respira.

Rápido.

Entrecortado.

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Cuando por fin baja las manos, en su mejilla ya se dibuja una marca roja intensa, con los contornos de los dedos de Ivonne perfectamente visibles, como si alguien hubiera pintado, de manera cruel y precisa, la forma exacta de una mano sobre su piel.

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—¿Me pegaste?

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La pregunta sale en un susurro, no porque Sofía tenga miedo de decirla en voz alta, sino porque su cuerpo entero todavía está procesando lo que acaba de pasar, tratando de encontrarle sentido a algo que, hasta hace un segundo, parecía imposible.

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Ivonne, con la mano todavía en el aire, parpadea, como si ella misma no terminara de creer lo que acababa de hacer.

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—No debiste hablarme así.

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—Me pegaste.

Me pegaste de verdad.

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Leo, todavía sentado en el suelo entre los cuadernos regados, mira a su hermana con los ojos muy abiertos, la boca entreabierta, sin poder formar ninguna palabra.

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Nunca, en toda su vida, había visto a alguien golpear a Sofía.

Ni siquiera cuando ella se peleaba con sus amigas en el patio del colegio, ni siquiera en las películas que veían juntos los domingos.

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—Sofía...

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—Estoy bien, Leo.

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No está bien.

Su voz tiembla al decirlo, y su mano vuelve, casi sin darse cuenta, a tocarse la mejilla, sintiendo el calor que ya empieza a subir bajo la piel enrojecida.

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—Esto va a quedar entre nosotras —dice Ivonne, bajando la voz, dando un paso hacia adelante—. No necesitas contarle esto a tu padre. Fue un accidente. Un mal momento.

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—No fue un accidente.

Levantaste la mano y me pegaste en la cara porque defendí a mi hermano.

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—Sofía, escúchame...

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—No.

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La niña da un paso atrás, tomando la mano de Leo con la suya, ayudándolo a levantarse del suelo mientras sostiene la mirada de Ivonne sin apartar los ojos ni un segundo.

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—Mi papá va a saber esto. Hoy mismo.

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Ivonne abre la boca para decir algo más, tal vez otra amenaza, tal vez otra súplica, pero el sonido de la puerta principal abriéndose la interrumpe antes de que cualquier palabra pueda salir.

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Pasos.

Llaves cayendo sobre la mesa de la entrada.

Y una voz, cansada pero cálida, que llama desde el vestíbulo.

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—¿Hola? ¿Ya llegaron del colegio?

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Andrés entra al pasillo con el saco colgado del brazo, la camisa blanca con los primeros dos botones desabrochados después de un día largo de trabajo, y se detiene en seco al ver la escena frente a él.

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Los cuadernos regados por el piso.

Leo, con los ojos rojos, apretando algo invisible entre sus manos vacías.

Y Sofía, con una marca roja perfectamente visible en la mejilla, del tamaño exacto de una mano adulta.

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—¿Qué pasó aquí?

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Su voz cambia de inmediato, pasando de la calidez cansada de hace un segundo a una tensión que llena todo el pasillo, un cambio tan rápido que hasta Leo, tan pequeño, tan asustado, lo nota de inmediato.

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—Nada, cariño, los niños estaban jugando y...

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—¡Ella me pegó!

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La voz de Sofía, esta vez, sale con toda la fuerza que había contenido desde el golpe.

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Andrés deja caer el saco al suelo, sin darse cuenta, y cruza el pasillo en tres pasos largos, llegando junto a su hija, tomándole el rostro con ambas manos para verla mejor bajo la luz de la tarde que sigue entrando oblicua por la ventana.

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La marca roja, tan visible, tan innegable, hace que algo en su expresión se transforme por completo.

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