Chapter 7 - El silencio de Ivonne

Ivonne se queda mirando al niño que acaba de hacerle la pregunta más difícil de toda la tarde, y por primera vez desde que Andrés abrió el marco dorado, no tiene ninguna palabra lista.
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—Leo, eso no es exactamente...
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—¿Sí o no? —insiste el niño, con la misma insistencia simple con la que hace un rato preguntaba por su dinosaurio—. ¿Fingiste ser su amiga?
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El silencio que sigue dura demasiado tiempo para ser una negación creíble.
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—Fuimos amigas de verdad, al principio —dice finalmente Ivonne, con la voz mucho más baja que antes, sin ningún rastro de la frialdad que mantuvo durante toda la confrontación—. Después, con el tiempo, empecé a sentir algo por Andrés. Y no supe cómo manejarlo bien.
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—Manejarlo bien hubiera sido alejarte —dice Andrés, todavía con la carta de Elena entre las manos, doblándola con cuidado, como quien dobla algo demasiado frágil para tratarlo con brusquedad—. No mentir. No sabotear. No esperar a que ella muriera para acercarte a mí como si nada hubiera pasado antes.
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—Te amo, Andrés. Eso nunca fue mentira.
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—Tal vez no. Pero todo lo demás sí lo fue.
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Sofía se acerca a su padre, mirando todavía el marco dorado, la fotografía de dos mujeres jóvenes sonriendo frente a un edificio universitario que ahora se siente, de alguna manera, como la primera pieza de un rompecabezas que llevaba meses armándose sin que ninguno de ellos lo supiera.
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—Papá, ¿podemos quedarnos con la foto? Es de mamá.
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—Claro que sí, cariño.
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Andrés retira con cuidado la fotografía del marco, separándola de la carta, y se la entrega a Sofía, que la sostiene con ambas manos como quien sostiene algo que acaba de recuperar después de perderlo sin saberlo.
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—¿Y la carta?
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—La carta la voy a guardar yo. Por ahora.
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Se gira de nuevo hacia Ivonne, que sigue de pie junto a la mesa del comedor, con las manos entrelazadas frente a ella, en una postura muy distinta a la elegancia fría con la que empezó la tarde.
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—Vas a empacar tus cosas esta noche.
Y no vas a volver a acercarte a mis hijos, ni a mí, después de hoy.
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—Andrés, por favor, dame otra oportunidad de explicarte todo esto con calma...
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—Ya tuviste ocho meses de calma, Ivonne. Ocho meses en los que pudiste contarme la verdad tú misma, en cualquier momento, sin que yo tuviera que encontrarla escondida detrás de un marco de fotos que se cayó al suelo por accidente.
Se acabó el tiempo de las explicaciones.
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Leo, todavía procesando todo lo que acaba de escuchar, se acerca a su padre y le jala suavemente la manga de la camisa.
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—Papá, ¿vamos a estar bien?
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Andrés se agacha, tomando a su hijo entre los brazos, y por primera vez en toda la tarde, algo parecido a la calma vuelve a su voz.
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—Sí, campeón. Vamos a estar bien.
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—¿Y mi dinosaurio?
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La pregunta, tan pequeña, tan propia de un niño de siete años que en medio de una revelación enorme sigue pensando en su juguete favorito, hace que Andrés sonría, apenas, por primera vez desde que llegó a casa esa tarde.
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—Vamos a buscarlo juntos ahora mismo.
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