Chapter 1 - El Ruido del Porcelana

La taza de porcelana blanca no llegó a tocar los labios de Mateo.
Un impacto seco.
El chorro de té ámbar dibujó un arco en el aire antes de estrellarse contra la alfombra de pelo blanco.
Los fragmentos volaron en cámara lenta.
Elena respiraba con dificultad. Sus manos, pequeñas y agrietadas por el agua fría del fregadero, temblaban a la altura de su pecho.
Un hilo de té goteaba del puño de su chaleco gris.
—Señor…
La voz le salió rota. Un susurro que rasgó el silencio matutino de la mansión.
Mateo no se movió de inmediato.
Mantuvo los dedos inmóviles en el aire, conservando la forma exacta con la que sujetaba la asa del asa ya inexistente.
Un silencio helado se apoderó del salón.
El sol de las ocho de la mañana atravesaba los ventanales de piso a techo, iluminando las motas de polvo que flotaban sobre la mancha oscura que se extendía por la alfombra.
—Elena.
La voz de Mateo fue baja. Plana. Sin el matiz de autoridad habitual, sino con la fría perplejidad de quien acaba de ver su propia sombra moverse sola.
—No la toque —articuló ella, dando un paso atrás.
Sus suelas de goma chirriaron contra el parquet pulido.
—Está loca —resonó una voz desde el pasillo principal.
El crujido de la seda precedió a la figura.
Sofía avanzó con la lentitud de un felino que conoce cada rincón de su territorio. Su bata de seda dorado sobre el camisón negro no producía sonido alguno al arrastrarse.
Tenía los labios pintados de un rojo oscuro, casi negro. Un contraste violento con la palidez perfecta de su rostro recién lavado.
—Mateo, mi amor, esta muchacha ha perdido el sentido completamente —dijo Sofía, rodeando la mesa de cristal sin desviar la mirada de la sirvienta.
Elena apretó las manos. Los nudillos se le pusieron blancos.
—La vi.
Dos palabras.
Sofía se detuvo. Una pequeña sonrisa, penas un pliegue en la comisura de sus labios, se dibujó en su rostro.
—¿Qué dijiste?
—La vi sobre el carrito de oro —dijo Elena, mirando fijamente el dobladillo dorada de la bata de Sofía—. Vi caer los cristales. Tres gotas. Ni una más.
Mateo lentamente bajó la mano.
Miró la mancha en el suelo. Luego miró a su esposa.
Sofía no pestañeó.
—Llama a la policía, Mateo. O mejor, llama a una ambulancia. La muchacha está teniendo un episodio psiquiátrico en nuestro salón.
—Sofía —interrumpió Mateo.
Su mirada bajó por un segundo hacia las manos de su esposa. Estaban cruzadas serenamente sobre su vientre. Perfectas. Sin un solo temblor.
—Dile que se vaya —demandó Sofía, elevando apenas el tono, lo suficiente para que la vibración hiciera eco en los cristales de la ventana—. Ahora mismo. Antes de que arruine más ropa de cama o rompa más vajilla familiar.
Elena no se movió. Tenía la vista fija en la mancha de té que seguía absorbiéndose en la alfombra blanca.
—Si no me cree, señor…
Elena señaló la tetera de porcelana que aún humeaba sobre la bandeja del carrito de servicio.
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—Pídale que lo beba ella.
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