signalarc

Chapter 10 - La Lluvia sobre el Cristal

La lluvia caía con fuerza sobre la mansión esa misma noche.

Los truenos hacían vibrar los grandes ventanales del salón, dibujando líneas de agua sobre los cristales oscuros.

Mateo estaba de pie frente al antiguo escritorio de caoba de Mariana, en el despacho del primer piso. Un lugar que no había cruzado desde el día del entierro de su primera esposa.

La caja fuerte pequeña estaba oculta detrás de un óleo que retrataba un paisaje de colinas verdes.

Mateo introdujo los dígitos.

Seis números. La fecha de aquel tarde de verano en el jardín de rosas.

Un chasquido metálico. La puerta pesada de la caja fuerte se abrió unos milímetros.

En el interior solo había un sobre blanco, amarilleado por el tiempo. Sin nombre en el frente.

Mateo sacó el sobre con dedos temblorosos. Lo abrió.

Dentro no había una confesión ni una acusación contra Sofía.

Había solo una nota corta, escrita con la caligrafía elegante y firme de Mariana:

> "Mateo:

> Si estás leyendo esto, es porque la mujer que elegiste para reemplazarme ha mostrado finalmente lo que hay detrás de sus manos suaves.

> No le guardo rencor a tu ceguera, mi amor. Los hombres como tú siempre confunden el brillo del veneno con la luz del oro.

> Le dejé a Elena la llave del archivo de mi abogado antes de enfermar del todo. Ella sabrá qué hacer cuando llegue el momento.

> No bebas del té.

> Mariana."

Mateo dejó caer la carta sobre el escritorio.

Sus lágrimas cayeron finalmente, silenciosas, sobre el papel amarillento.

Alguien llamó suavemente a la puerta entornada del despacho.

Elena estaba de pie en el pasillo, vistiendo su abrigo privado de lana oscura y sosteniendo un pequeño maletín.

—Mi madre fue ingresada hoy en la clínica, señor Valdés —dijo Elena con voz tranquila—. La operación es mañana a primera hora. Vengo a despedirme.

Mateo se limpió la cara con la palma de la mano. Miró a la muchacha.

—Usted ya lo sabía todo, ¿verdad? —preguntó él—. Mariana se lo dijo antes de morir.

Elena no negó nada. Miró el sobre en el escritorio con una expresión de infinita tristeza.

—La señora Mariana era una buena mujer, señor —dijo Elena—. Me pidió que cuidara de esta casa hasta que la verdad saliera a la luz. No por usted… sino por la memoria de ella.

—¿Y ahora qué va a hacer? —preguntó Mateo, sintiendo un vacío absoluto a su alrededor.

Elena dio un paso atrás hacia la escalera.

—Cuidar de mi madre —dijo ella—. Y asegurarme de que nadie vuelva a poner veneno en su mesa.

—Elena… —Mateo dio dos pasos hacia ella—. Quédate. No como sirvienta. Puedo asegurarte un futuro, una casa…

Elena sonrió. Una sonrisa limpia, la primera sonrisa verdadera que Mateo le veía desde que había entrado en esa mansión.

—Gracias, señor Valdés —dijo ella, ajustándose el cuello del abrigo contra el frío que entraba por la puerta principal abierta—. Pero su casa tiene demasiado oro y muy poca luz. Yo prefiero la lluvia.

Elena se giró y bajó las escaleras.

El sonido de sus pasos se perdió en la penumbra del vestíbulo, seguido por el golpe firme y definitivo de la puerta principal al cerrarse.

May you like

Mateo se quedó solo en el despacho.

Abajo, en el salón desierto, la tetera de porcelana limpia sobre el carrito mudo de plata reflejaba los relámpagos de la noche, fría y completamente vacía.

Other posts