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Chapter 2 - El Polvo de la Memoria

El silencio que siguió a la frase de Elena pareció congelar el aire dentro del salón.

Sofía lentamente giró la cabeza hacia la tetera.

La porcelana blanca, pintada a mano con pequeños filamentos de pan de oro, devolvía el reflejo distorsionado de la luz matutina.

—¿Qué dijiste? —preguntó Sofía, con una calma tan pulida que resultaba más amenazante que cualquier grito.

Elena no repitió la frase. Mantener el brazo extendido le costaba un esfuerzo titánico.

Sintió la gota de sudor frío bajando por su espina dorsal, colándose bajo el cuello rígido de su uniforme.

Mateo dio un paso hacia adelante.

El parquet crujió bajo su zapato de piel. Se detuvo justo entre la mancha en la alfombra y su mujer.

—Usa tu taza, Sofía —dijo él.

La voz de Mateo no contenía ira. Era una instrucción técnica, semejante a las que daba por teléfono a sus corredores de bolsa antes de que abriera el mercado de Zúrich.

—No voy a participar en este juego ridículo —respondió Sofía, cruzándose de brazos. La seda dorada ondeó suavemente—. Es una empleada doméstica a la que contratamos hace tres semanas porque su madre necesitaba una operación. Le diste techo, Mateo. Le diste un sueldo triple. Y así te paga: buscando atención, inventando historias de folletín.

—Sirve el té, Sofía.

Mateo no levantó la voz.

Avanzó un paso más. Su sombra, alargada por el sol naciente, cubrió casi por completo la figura delgada de su esposa.

Elena dio dos pasos hacia atrás hasta que su espalda tocó el borde helado del mueble de caoba donde guardaban los licores.

En la esquina del salón, junto al carrito, reposaba una pequeña taza limpia.

Sofía miró la taza. Miró a Mateo.

Por primera vez en cinco años de matrimonio, la curva imperceptible de su cuello se tensó. Un pequeño pulso latía veloz en la base de su garganta.

—Está bien —dijo ella.

Extendió la mano izquierda. Sus uñas, limadas en punta y pintadas de un tono porcelana neutro, no temblaron al tomar el asa de la tetera.

El chorro de líquido caliente cayó en la taza con un murmullo suave.

El vapor subió, llevando consigo el aroma a bergamota y jazmín.

—¿Satisfecho? —preguntó Sofía, levantando la taza hasta la altura de su barbilla.

Mateo no contestó. Tenía los ojos fijos en el líquido.

Sofía acercó el borde a sus labios.

Elena cerró los ojos un instante. Un recuerdo involuntario la asaltó: su madre en la cama del hospital, respirando con la ayuda de un tubo transparente, diciéndole que los ricos nunca sangran por las mismas heridas que los pobres.

Sofía abrió la boca.

El borde de la porcelana tocó su labio inferior.

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Entonces, el timbre de la puerta principal resonó por toda la casa. Dos golpes secos y metálicos.

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