Chapter 4 - El Peso de las Palabras

Mateo miró la alfombra.
La mancha de té parecía ahora una herida abierta en medio del salón perfecto.
—Sofía… —murmuró Mateo.
Ella dio un paso al frente. El roce de la seda contra el suelo fue el único sonido en la estancia.
—No seas ridículo, Mateo —dijo ella, con una voz extrañamente dulce—. ¿Vas a creerle a unos policías que desentierran tumbas para justificar sus sueldos? Mariana estaba enferma. Todos lo sabíamos. Su corazón era débil desde que era una niña.
—El informe forense es definitivo, señora Valdés —dijo el inspector secundario, un hombre de cabello cano que hasta ese momento no había hablado—. Y tenemos la orden de inspección para esta propiedad.
Sofía sonrió. Fue una sonrisa pequeña, afilada, cargada de un desprecio tan puro que hizo que el inspector cano diera un paso imperceptible hacia atrás.
—Adelante. Busquen. Esta casa tiene cuarenta habitaciones. Tienen mucho trabajo por delante.
—No necesitamos buscar en toda la casa —dijo Elena desde el marco de la puerta.
Todos los ojos se posaron en la sirvienta.
Elena sentía que las rodillas le temblaban, pero dio un paso hacia el centro de la habitación. Señaló con el dedo tembloroso hacia el gran ventanal que daba al jardín de invierno.
—El doble fondo del macetero de las orquídeas —dijo Elena—. Las flores que la señora cuida ella misma. Nadie más tiene permitido tocarlas.
Sofía se giró hacia Elena con una rapidez feroz.
Por primera vez, la máscara de hielo se rompió. Sus ojos negros se clavaron en la muchacha con un odio visceral.
—Maldita muerta de hambre… —siseó Sofía.
—Yo no quería mirar —dijo Elena, bajando la cabeza pero sin detener su voz—. Pero el martes pasado, cuando limpiaba los cristales desde el exterior, la vi sacar una botella pequeña de cristal azul de entre la tierra de la orquídea negra.
El inspector alto hizo una seña a su compañero. El hombre avanzó de inmediato hacia el ventanal, apartando la cortina de lino blanco.
—¡No toques eso! —gritó Sofía, dando dos pasos rápidos hacia él, pero Mateo le agarró el brazo.
El agarre de Mateo no fue violento, pero sí firme como un grillete de hierro.
—Déjalo —dijo Mateo. Sus ojos estaban fijos en la cara de su mujer—. Déjalo que mire.
El inspector cano metió la mano en la tierra húmeda de la maceta de cerámica blanca. Tras unos segundos de búsqueda, sus dedos tropezaron con algo sólido.
Sacó un pequeño frasco de vidrio azul oscuro, cubierto de tierra negra, con un gotero de baquelita adjunto al tapón.
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La luz del mañana atravesó el vidrio azul, proyectando un destello cobalto sobre la cara de Sofía.
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