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Chapter 7 - El Secreto del Carrito

Elena bajó a las cocinas a las once de la mañana.

La enorme cocina de acero inoxidable estaba en penumbra. El olor a pan recién horneado de la primera hora de la mañana se había mezclado con el olor rancio del café frío.

Puso los trozos de porcelana rota sobre la mesa central de granito.

Se sentó en un taburete de madera. Sus manos, por fin, dejaron de temblar.

El silencio de la parte inferior de la casa era diferente al del salón principal; aquí se escuchaba el zumbido constante de los motores de las neveras y el goteo de un grifo mal cerrado.

Unos pasos sonaron en la escalera de servicio.

Mateo bajó lentamente. Había cambiado su camisa blanca impecable por un jersey de lana gris, sin corbata. Parecía un hombre común, sin la armadura de su patrimonio.

—Elena —dijo él, apoyándose en el marco de la puerta de la cocina.

—Señor Valdés.

—La policía acaba de llamar. Encontraron más frascos en el coche de Sofía. En el maletero, ocultos en la rueda de repuesto.

Elena no dijo nada. Se limitó a mirar las aristas cortantes de la taza rota.

—Hay algo que no entiendo —continuó Mateo, dando dos pasos hacia la mesa—. El inspector dijo que Sofía llevaba meses administrándome dosis pequeñas. Pero yo nunca me sentí mal. Ni un solo día.

Elena levantó la vista. La luz fluorescente de la cocina marcaba las sombras bajo sus ojos.

—Porque el té de la mañana nunca llegaba a sus labios, señor.

Mateo se detuvo en seco.

—¿Qué dice?

Elena extendió la mano y tocó un pequeño fragmento de porcelana decorado con pan de oro.

—La señora Sofía preparaba el té a las siete y media en el carrito de servicio. Lo dejaba listo antes de que usted bajara. Pero durante las últimas dos semanas… yo tiraba la tetera cada mañana antes de que usted entrara al salón.

—¿Usted… qué?

—Inventaba descuidos —dijo Elena con una leve sonrisa triste—. Decía que se me había caído la bandeja. Que la leche se había cortado. Que la tetera estaba sucia. Hacía una infusión nueva cada día, con hojas frescas que yo traía en mi bolso.

Mateo la miró estupefacto.

—¿Usted sabía que estaba envenenado desde hace semanas?

—No estaba segura al principio —confesó Elena—. Solo sospechaba. Pero no podía arriesgarme. Hasta hoy… cuando la vi agregar las gotas justo delante de mí porque no tuvo tiempo de hacerlo a solas. Hoy no pude tirar la tetera antes. Así que tuve que tirarle la taza de la mano.

Mateo se llevó una mano a la boca. La miró como si estuviera viendo a un fantasma o a un ángel con uniforme de servicio doméstico.

—Me estuvo salvando la vida todos los días… en silencio.

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—Solo hacía lo que era correcto, señor. Mi madre siempre dice que el agua limpia no se mezcla con el barro.

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