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Chapter 9 - La Visita en la Penumbra

La sala de visitas de la prisión provincial era un recinto de paredes de hormigón desnudo y luz fluorescente parpadeante.

El olor a desinfectante industrial apenas lograba cubrir el olor a humedad rancia.

Mateo esperaba sentado a un lado de la mesa de plástico divisoria.

La puerta de hierro se abrió con un chasquido pesado.

Sofía entró flanqueada por una guardiana.

Ya no llevaba la bata de seda dorada ni el maquillaje perfecto. Vestía un mono gris de lona basta y llevaba el pelo recogido en una coleta desaliñada.

Sin embargo, sus ojos conservaban la misma intensidad afilada.

Se sentó enfrente de Mateo sin decir palabra. Miró las manos de su marido sobre la mesa.

—Te ves cansado, Mateo —dijo ella. Su voz sonaba un poco más rasposa, pero igual de helada.

—¿Qué quieres, Sofía? —preguntó él sin rodeos.

Sofía inclinó la cabeza, apoyando los codos en la mesa. Las esposas no estaban puestas, pero sus muñecas mostraban marcas rojas por el roce del metal del día del arresto.

—La carta de Mariana —dijo ella con una pequeña sonrisa—. Sé que viniste por eso.

—¿Qué dice esa carta?

—Mariana no era la santa que tú creías, Mateo —dijo Sofía, acercándose un poco más a la mesa—. Ella sabía que yo te gustaba desde el primer día que entré a esa casa. Ella lo sabía todo.

Mateo no se movió.

—Ella me pidió que la ayudara a morir —continuó Sofía en un susurro cargado de veneno—. Me lo rogaron sus ojos cada tarde. Estaba enferma, Mateo. Se estaba pudriendo de dolor. Yo solo aceleré lo inevitable. Le di la paz que tú no tuviste el valor de darle.

—Mientes —dijo Mateo, aunque su voz carecía de fuerza.

—¿Miento? —Sofía se echó hacia atrás y se rió. Una risa corta, seca, que rebotó en las paredes de hormigón—. Busca en la caja fuerte de su antiguo escritorio. La clave nunca fue su fecha de cumpleaños, Mateo. Era la fecha en que tú y yo nos besamos por primera vez en el jardín de rosas. Ella lo sabía todo.

Mateo se puso de pie bruscamente. La silla de plástico se volcó hacia atrás con un estruendo seco contra el suelo.

—Estás enferma, Sofía.

—Tal vez —dijo ella, mirándolo desde abajo con la misma sonrisa cruel—. Pero tú te casaste conmigo. Y dormiste a mi lado durante dos años sabiendo en el fondo de tu alma lo que yo era capaz de hacer.

Mateo dio la vuelta y caminó hacia la salida sin mirar atrás.

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—¡Disfruta de tu té de la mañana, Mateo! —gritó Sofía a sus espaldas mientras la guardiana la sujetaba por el hombro—. ¡Asegúrate de que la sirvienta lo pruebe primero!

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