Chapter 5 - La Grieta en el Cristal

El frasco azul quedó sobre la mesa de centro de cristal.
Un objeto pequeño, insignificante frente a la magnitud del salón, pero que parecía atraer toda la luz y la tensión del lugar.
—Un reactivo para controlar el pH de la tierra —dijo Sofía, manteniendo la cabeza en alto—. Las orquídeas vándalas requieren acidez exacta. Cualquier jardinero lo sabe.
—Lo analizaremos en el laboratorio —dijo el inspector alto, tomando el frasco con un trapo limpio y guardándolo en un sobre de papel kraft.
Mateo no soltaba el brazo de Sofía.
Sus dedos se hundían en la seda dorada de la manga.
—Mariana empezó a sentirse mal seis meses después de que tú llegaras a esta casa como su enfermera particular —dijo Mateo. Su voz era un susurro raspado—. Ella te quería, Sofía. Te dejó sus joyas antes de morir.
—Ella me las dio porque tú estabas demasiado ocupado en la bolsa para ver cómo se pudría por dentro —escupió Sofía, intentando soltarse sin éxito—. ¡Tú la mataste con tu indiferencia, Mateo! Yo solo estuve ahí para sostenerle la mano mientras tú firmabas contratos en Londres.
—Y para preparar su té —añadió Elena desde la esquina.
Sofía se giró hacia ella con violencia.
—¡Cállate! ¿Sabes lo que va a pasar ahora, niña? —gritó Sofía, señalándola con el dedo libre—. ¿Crees que te van a dar una recompensa? ¿Crees que este hombre te va a mantener aquí? Mañana estarás en la calle. Tú y tu madre moribunda.
Elena no bajó la mirada.
Se tocó el bolsillo del chaleco gris. Dentro, sus dedos rozaron un pequeño objeto metálico: una medalla de la Virgen que su madre le había dado antes de entrar a trabajar en esa mansión.
—Mi madre me enseñó a no comer pan comprado con sangre —dijo Elena.
El inspector cano se acercó a Sofía e sacó un par de esposas de su chaqueta.
—Sofía Alarcón, queda usted detenida por el presunto homicidio de Mariana Vance y tentativa de homicidio contra Mateo Valdés.
—¡No me toques! —chilló Sofía, retrocediendo bruscamente, haciendo que la seda de su bata se rasgara en el hombro al soltarse del agarre de Mateo.
El chasquido del metal ajustándose a las muñecas de Sofía sonó desproporcionadamente alto en el gran salón.
Sofía miró a Mateo.
Por un segundo, la ira desapareció de sus ojos, reemplazada por una súplica desesperada, casi infantil.
—Mateo… por favor. Sabes que te amo. Todo lo que hice… todo fue por nosotros. Para que pudiéramos estar juntos sin que ella estuviera en medio.
Mateo la miró a los ojos. No había rabia en su rostro, solo un vacío inmenso y gris, como el cielo antes de una nevada.
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—Llévensela —dijo él, dando la vuelta y dándole la espalda.
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