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Chapter 6 - La Alfombra Manchada

El sonido de los pasos de la policía llevándose a Sofía se fue apagando por el pasillo de mármol hasta que la puerta principal se cerró con un golpe sordo.

El silencio volvió al salón.

Pero ya no era el silencio lujoso de las mañanas tranquilos. Era el silencio de una ruina recién descubierta.

Mateo permaneció de pie junto al ventanal, mirando hacia el jardín donde la niebla matutina empezaba a disiparse.

Elena se quedó cerca de la puerta, sin saber si debía retirarse o empezar a limpiar.

Miró la alfombra.

La mancha de té se había secado parcialmente, dejando un cerco marrón oscuro sobre las fibras blancas. Los trozos de porcelana rota brillaban bajo el sol como dientes esparcidos.

Elena se arrodilló.

Empezó a recoger los fragmentos más grandes uno a uno, colocándolos con cuidado sobre la palma de su mano izquierda.

—No haga eso —dijo Mateo sin girarse.

Elena se detuvo con un trozo afilado entre los dedos.

—Tengo que limpiar, señor. Es mi trabajo.

—Déjelo.

Mateo se giró despacio. Se veía diez años más viejo. Las arrugas alrededor de sus ojos parecieron profundizarse bajo la luz fría de la mañana.

—Usted lo sabía —dijo Mateo, mirándola—. No fue hoy la primera vez que vio algo.

Elena apretó el trozo de porcelana en su mano. Sintió la arista cortante contra su piel, pero no sintió dolor.

—Hace tres días —dijo ella en voz baja—. Vi a la señora Sofía cambiar las pastillas del frasco de su mesita de noche, señor. Puso unas blancas en el frasco de las vitaminas.

—¿Y por qué no me lo dijo antes?

Elena levantó los ojos. Su mirada era limpia, desprovista del miedo que la había acompañado durante tres semanas.

—Porque usted no me habría creído —dijo ella simplemente—. Un señor rico no le cree a una sirvienta que acusa a su mujer hermosa. Necesitaba que usted lo viera con sus propios ojos.

Mateo cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás. Un suspiro largo y pesado salió de sus labios.

—Tiene razón —murmuró él—. No le habría creído.

El hombre caminó lentamente hacia el mueble de caoba, sirvió un vaso de agua mineral de una jarra de cristal y lo bebió de un solo trago.

Le temblaba la mano.

—Su madre… —dijo Mateo, dejando el vaso en la mesa—. Necesita una operación de cadera, ¿verdad?

Elena asintió en silencio.

—Mañana por la mañana el dinero estará ingresado en la cuenta del hospital —dijo Mateo—. Todo.

Elena se puso de pie descalza sobre el parquet, sosteniendo los fragmentos de porcelana en su delantal.

—No quiero su dinero de esa manera, señor.

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—No es un pago por su silencio, Elena —dijo Mateo, mirándola fijamente—. Es la deuda que tengo con la mujer que evitó que me enterraran al lado de Mariana.

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