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Chapter 3 - Sombras en el Cristal

Nadie se movió para abrir.

El sonido del timbre pareció cortar la escena como una navaja.

Sofía sostuvo la taza a milímetros de sus labios durante tres segundos eternos. Luego, sin prisa, la volvió a depositar sobre la bandeja de plata del carrito.

El tintineo de la porcelana contra el metal sonó como una sentencia.

—Elena —dijo Mateo sin girar la cabeza—. Abre la puerta.

La muchacha tragó saliva. Sus piernas se sentían pesadas, como si estuviera caminando dentro de un estanque de barro.

Cruzó el vestíbulo de mármol, pasando bajo la lámpara de araña que apagaban todas las mañanas a las siete en punto.

Al abrir la puerta pesada de roble, se encontró con dos hombres vestidos con trajes oscuros.

El más alto llevaba un maletín de cuero gastado bajo el brazo.

—Buscamos al señor Mateo Valdés —dijo el hombre del maletín, sin saludar.

—Está… está en el salón —balbuceó Elena.

Los hombres no esperaron invitación. Entraron con la familiaridad helada de quienes están acostumbrados a cruzar umbrales ajenos por la fuerza de la ley.

Sus pasos resonaron en el mármol hasta detenerse en la entrada del gran salón.

Mateo se giró despacio.

Sofía continuaba de pie junto al carrito de té, con las manos entrelazadas sobre la seda dorada de su bata.

—Inspectores —dijo Mateo. Sus cejas se juntaron ligeramente—. La cita era a las diez.

—Las pruebas del laboratorio del sanatorio llegaron antes de lo previsto, señor Valdés —dijo el inspector más alto, sacando una carpeta de manila de su maletín—. Y no podíamos esperar.

Elena retrocedió hasta la sombra del marco de la puerta.

Miró a Sofía.

La esposa no había cambiado de postura, pero sus dedos apretaban la seda con tanta fuerza que las costuras del vestido crujían suavemente.

—¿Qué pruebas? —preguntó Mateo.

El inspector abrió la carpeta.

—Las del análisis de sangre de su primera esposa, Mariana.

Un silencio espeso cayó sobre la habitación.

Mateo dio un paso atrás, apoyando la mano en el respaldo de un sillón de piel.

—Mariana murió hace dos años. Un paro cardíaco.

—Eso decía el certificado firmado por el médico privado de la familia —interrumpió el inspector—. Pero la exhumación ordenada por el juez la semana pasada reveló otra cosa.

El inspector levantó la vista de los papeles y miró directamente a Sofía.

—Arsénico. Acumulado en el cabello y las uñas durante al menos seis meses antes de su colapso final.

Elena ahogó un grito cubriéndose la boca con la mano.

Mateo lentamente miró a Sofía.

La mujer no pestañeó. Su rostro permanecía como una máscara de yeso bajo la luz deslumbrante que entraba por el ventanal.

—Eso es imposible —dijo Mateo, pero su voz sonó hueca, desprovista de convicción.

—No es imposible —dijo el inspector—. Y el veneno se administraba en dosis tan pequeñas que imitaba perfectamente los síntomas de una insuficiencia renal progresiva.

El inspector hizo una pausa, mirando el carrito de té con su tetera humeante y la mancha oscura en la alfombra blanca.

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—En dosis mezcladas con infusiones de hierbas diarias.

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