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Chapter 8 - Las Sombras del Pasado

Tres días después, la mansión estaba vacía de agentes de policía y de periodistas que habían rodeado las verjas de entrada durante cuarenta y ocho horas.

El sol de la tarde filtraba una luz dorada a través de las cortinas del salón.

La alfombra blanca había sido reemplazada por una nueva de lana gris.

Mateo estaba sentado en el mismo sillón de piel donde solía leer el periódico. Pero el periódico permanecía doblado sobre la mesa, sin abrir.

Elena entró con una bandeja de madera. Sobre ella, una taza de manzanilla simple, en una vajilla común, sin bordes de oro ni marcas de lujo.

Dejó la bandeja sobre la mesa de cristal.

—Su manzanilla, señor —dijo suavemente.

Mateo miró la taza. Un humo denso y aromático subía en espirales hacia el techo altos.

—Gracias, Elena.

Ella hizo una pequeña inclinación de cabeza y se dispuso a retirar sus pasos hacia la puerta.

—Elena, espere —dijo él.

Elena se detuvo, manteniendo las manos cruzadas por delante de su delantal blanco.

—El abogado de Sofía se puso en contacto conmigo esta mañana —dijo Mateo, mirando el vapor del té—. Ella quiere hablar conmigo antes del juicio. Dice que tiene algo que revelarme sobre Mariana. Algo que no está en las declaraciones de la policía.

—No debería ir, señor —dijo Elena de inmediato, rompiendo su tono profesional habitual—. Esa mujer solo sabe sembrar espinas.

—Tengo que saberlo —dijo Mateo, fijando sus ojos cansados en ella—. Mariana dejó una carta antes de morir. Una carta que yo nunca encontré, pero que Sofía afirma tener guardada en una caja de seguridad bancaria.

Elena apretó los labios.

Un recuerdo rancio volvió a su cabeza: la noche que entró a limpiar la biblioteca a deshoras y encontró a Sofía quemando papeles en la chimenea apagada, usando un encendedor de plata.

—No todas las cartas dicen la verdad, señor —dijo Elena en un susurro—. A veces la gente escribe para salvarse a sí misma, no para decir lo que pasó.

Mateo sonrió con amargura.

—Tiene más sabiduría que la mayoría de los consejeros delegados con los que trabajo, Elena.

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—No es sabiduría, señor —respondió ella, apoyando la mano en el pomo de la puerta—. Es solo que he visto a mucha gente mentir para no perder lo que no le pertenece.

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