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EL SILENCIO DE LA PORCELANA / Chapter 10 / 10

Chapter 10 - La luz limpia

El sol de la mañana entra sin obstáculos por la pequeña ranura de las cortinas del motel.

Es una luz brillante, dorada, lavada por la tormenta de la noche anterior.

Arthur se despierta al sentir un peso leve sobre su pecho.

Mia está sentada sobre él, cruzada de piernas, mirándolo fijamente con sus grandes ojos claros.

Lleva su abrigo beis ya puesto, aunque al revés, con los botones enganchados en los ojales equivocados.

—Papá —dice la pequeña.

—¿Qué pasa, Mia? —pregunta él con la voz ronca por el sueño.

—El perro de afuera no es grande. Es chiquito y amarillo.

Arthur parpadea, confundido.

Se incorpora despacio, sosteniendo a la niña para que no se caiga.

Mira hacia la ventana.

A través del cristal limpio se ve al viejo recepcionista del motel caminando por el aparcamiento, seguido por un cachorro mestizo de pelaje amarillo que salta intentando morderle el dobladillo del pantalón.

La niña señala al animal con su dedo pequeño.

—Te dije que había un perro en la casa nueva —afirma Mia con una convicción absoluta.

El hombre suelta una carcajada.

Una risa verdadera, limpia, que no resonaba en sus pulmones desde hacía más tiempo del que puede recordar.

Se pone de pie, toma a la niña en brazos y la hace girar en el aire.

La niña se ríe a carcajadas, un sonido cristalino que llena por completo la habitación número cuatro.

Arthur la deposita en el suelo y se agacha para abrocharle los botones del abrigo en el orden correcto.

Toma el reloj de oro de la mesita de noche.

Lo abre.

La esfera metálica brilla bajo la luz del sol.

Dentro de la tapa hay una foto diminuta de una mujer joven de cabello claro que sonríe desde un prado de flores silvestres.

El hombre pasa el dedo por el cristal de la fotografía.

—Nos vamos, Elena —murmura él.

Guarda el reloj en el bolsillo interior de su chaqueta pesada, justo sobre su corazón.

Toma el bolso pequeño donde guardan la ropa de recambio y agarra la mano de la niña.

Mia sostiene a su conejo sin oreja bajo el brazo izquierdo.

El hombre abre la puerta del motel.

El aire de la mañana es frío, seco y absolutamente puro.

El cachorro amarillo corre hacia ellos por la grava, moviendo la cola con desesperación inocente.

Mia se agacha al instante para tocarle las orejas suaves.

Arthur mira el camino que se extiende hacia el horizonte, donde la carretera asfaltada pierde sus bordes bajo la luz blanca del nuevo día.

No hay coches de policía en la ruta.

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No hay sombras del pasado siguiéndoles el paso.

Solo el sonido rítmico del motor de la camioneta que espera con la puerta abierta, lista para ponérsela en marcha hacia donde el camino decida terminar.

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