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EL SILENCIO DE LA PORCELANA / Chapter 4 / 10

Chapter 4 - La mancha en la seda

El silencio regresa a la sala, pero es un silencio roto, fracturado por los gemidos y la respiración agónica de las dos mujeres en el suelo.

El olor a caldo caliente mezclado con el tinte de hierro de la sangre llena el ambiente.

Helena intenta levantarse entre las esquirlas de vidrio de la vitrina.

Sus manos están cubiertas de pequeñas cortadas rojas.

El tinte rubio de su cabello está revuelto, pegajoso por el sudor y la tierra del suelo.

—Estás muerto, Arthur —murmura Helena, con la voz distorsionada por el labio hinchado—. Voy a llamar a la policía. Vas a ir a la cárcel y esa bastarda terminará en un orfanato estatal.

El hombre no se da la vuelta.

Toma a la niña por los hombros y la encamina hacia el pasillo.

—Ve al coche, Mia —dice él suavemente.

La niña niega con la cabeza.

Sus ojitos miran por encima del hombro de su padre.

Miran a la anciana que intenta quitarse los restos de comida de la cara con sus manos temblorosas.

—La abuela tiene el reloj de la mamá —dice la niña con voz clara, afinada, que traspasa el murmullo del comedor.

El hombre se detiene en seco.

Sus hombros se rigidizan de nuevo.

—¿Qué dijiste? —pregunta el hombre.

—El reloj de oro de la mamá —repite la pequeña Mia—. La abuela lo sacó del cajón de la mesita el lunes cuando estabas en el taller. Dijo que la mamá ya no lo necesitaba porque estaba bajo tierra.

La anciana, tendida en el suelo, se congela.

Su mano derecha se mueve instintivamente hacia el bolsillo oculto de su vestido verde.

El hombre se gira muy despacio.

Sus ojos ya no muestran una furia ciega; muestran una oscuridad fría, analítica.

Camina hacia la anciana.

La mujer mayor intenta arrastrarse hacia atrás, usando los codos sobre el parqué deslizante, pero sus fuerzas le fallan.

—Arthur... es mentira... esa niña miente —balbucea la anciana, la voz temblando descontroladamente.

El hombre se agacha junto a ella.

Sin decir una palabra, introduce la mano en el bolsillo lateral del vestido de seda verde.

Sus dedos tropezan con un objeto metálico, frío y pesado.

Extrae un reloj de bolsillo de oro viejo, con una cadena delgada y una inscripción grabada en el reverso.

El hombre pasa el pulgar sobre las letras grabadas.

Sus nudillos se vuelven blancos por la presión.

—Era de mi esposa —dice el hombre. Su voz es tan baja que parece salir del suelo.

—Te lo iba a dar... —chilla la anciana, intentando sonreír con los labios manchados de caldo—. Solo lo estaba guardando para que esa niña no lo rompiera...

El hombre se pone de pie.

Guarda el reloj de oro en el bolsillo frontal de su camisa gris.

Mira a la anciana con un desprecio tan denso que la mujer cierra los ojos, incapaz de sostenerle la mirada.

—Ustedes no son mi familia —dice el hombre—. Solo son parásitos que se comieron lo que me quedaba.

Toma la mano de su hija.

La niña aprieta los dedos de su padre con firmeza.

Antes de salir de la habitación, Mia se da la vuelta un segundo.

Mira a la mujer de la camisa borgoña, que llora en el rincón entre los vidrios rotos.

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—Mi mamá decía que la gente mala huele a sopa podrida —dice la niña con una lógica infantil, limpia e implacable—. Hoy hueles igual que ella.

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