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EL SILENCIO DE LA PORCELANA / Chapter 7 / 10

Chapter 7 - El freno en el asfalto

La camioneta avanza por la carretera secundaria que serpentea entre los colinas.

El cielo de la tarde se vuelve más oscuro, cargado de nubes gruesas que amenazan nieve.

A los lados del camino, los árboles desnudos parecen dedos negros que intentan tocar el cristal del vehículo.

El hombre mantiene la mirada fija en las líneas blancas del asfalto.

De vez en cuando, echa una ojeada al espejo retrovisor central.

Busca luces rojas y azules.

Busca sirenas que rompan la monotonía del viaje.

Pero la carretera permanece vacía, silenciosa.

La niña saca del bolsillo de su abrigo un trozo de papel arrugado y un lápiz de cera azul casi gastado.

Apoya el papel sobre su rodilla y empieza a trazar líneas torcidas.

—¿Qué dibujas? —pregunta el padre sin apartar la vista de la ruta.

—Nuestra casa nueva —responde ella con naturalidad.

—Todavía no tenemos una casa nueva, Mia. Hoy dormiremos en un motel de la autopista.

La niña no se detiene.

Continúa presionando la cera azul contra el papel hasta que la punta del lápiz se rompe con un chasquido.

—Sí tenemos —dice la pequeña con firmeza infantil—. La casa nueva no tiene puertas dobles blancas. Ni alfombras donde no se pueda tirar la leche.

El hombre sonríe apenas, una curva leve en la esquina de sus labios que desaparece casi de inmediato.

—¿Y qué más tiene esa casa?

—Tiene un perro grande que duerme en la entrada —dice Mia, levantando el dibujo para mostrárselo—. Y una ventana por donde entra el sol todo el día, sin rèmoras grandes que la tapen.

El hombre mira el dibujo un segundo durante una recta limpia.

Es una casa torcida, con un humo azul que sale de una chimenea enorme y tres figuras humanas sonrientes.

Una de las figuras tiene el cabello largo y un halo amarillo sobre la cabeza.

—La mamá también está ahí —dice la niña, señalando a la figura del halo.

El hombre siente que el pecho se le oprime de nuevo.

—La mamá siempre está con nosotros, Mia —murmura él.

—No —corrije la niña con su lógica fría—. La mamá estaba encerrada en el reloj de oro dentro del bolsillo de la abuela. Ahora está en tu camisa, cerca del corazón.

El hombre se lleva la mano libre al bolsillo del pecho.

Siente la forma circular y metálica del reloj de bolsillo presionando contra sus costillas.

Un calor extraño, ligero, parece filtrarse desde el metal a través de la tela de la camisa gris.

La camioneta toma la salida hacia la ruta nacional.

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Las luces de una estación de servicio y un motel de carretera brillan a lo lejos como luciérnagas amarillas en medio de la penumbra que cae.

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