signalarc
EL SILENCIO DE LA PORCELANA / Chapter 9 / 10

Chapter 9 - La grieta en la pared

A las tres de la mañana, la lluvia cae con fuerza sobre el techo de chapa del motel.

El sonido del agua es un tamborileo constante que adormece el ambiente.

Arthur está sentado en el borde de su cama, con los pies descalzos sobre la moqueta desgastada.

No ha podido dormir.

Tiene la mirada fija en el teléfono móvil de prepago que compró en la estación de servicio dos horas antes.

La pantalla parpadea con una llamada entrante.

Es un número desconocido.

Un número con el prefijo de la ciudad.

El hombre deja que el teléfono suene tres veces.

Cuatro veces.

A la quinta pulsación, desliza el dedo por la pantalla y se coloca el aparato en la oreja.

No dice nada.

Al otro lado de la línea se escucha una respiración agitada, seguida por la voz de un hombre joven, profesional, neutra.

—¿Arthur Vance? —pregunta la voz.

—Sí —responde él.

—Habla el oficial Miller, del departamento de policía del distrito norte. Tenemos una denuncia presentada contra usted por agresión física y robo de propiedad.

Arthur mira hacia la cama donde duerme su hija.

La niña respira a ritmo tranquilo, con la mano pequeña agarrando la oreja que le queda a su conejo de trapo.

—La denuncia la presentaron Helena Vance y la señora Clara Vance —continúa el oficial—. Sin embargo, tenemos un problema con su testimonio.

—¿Qué problema? —pregunta Arthur, su voz impasible.

—Cuando la patrulla llegó a la residencia, la señora Helena tenía en su posesión varias bolsas con objetos de valor que no le pertenecían, además de una cantidad considerable de medicamentos regulados sin receta a nombre de su difunta esposa.

El hombre cierra los ojos.

Una exhalación larga sale de sus pulmones.

—Y la señora Clara... —prosigue el oficial con una leve pausa— confesó espontáneamente que los documentos de la casa de campo habían sido alterados el año pasado. El inspector de turno decidió suspender la orden de detención contra usted hasta que tomemos su declaración formal como testigo de la investigación financiera.

—Iré mañana a primera hora —dice Arthur.

—Le conviene traer a un abogado, señor Vance. Hay muchas cosas que aclarar sobre lo que pasaba en esa casa.

—Iré mañana —repite el hombre.

Corta la llamada.

Deja el teléfono sobre la mesita de noche, justo al lado del reloj de oro de su esposa.

El tictac del reloj parece haber ganado fuerza en la penumbra.

Arthur se recuesta sobre las almohadas duras del motel.

Mira el techo, donde una mancha de humedad antigua dibuja la forma de un mapa sin fronteras.

Por primera vez en tres años, los músculos de su espalda se relajan.

May you like

El peso del hierro, la sangre en la seda y los gritos en el comedor empiezan a disolverse en el sonido de la lluvia constante que limpia el exterior.

---

Related Stories

Other posts