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EL SILENCIO DE LA PORCELANA / Chapter 8 / 10

Chapter 8 - El calor del humo

El motel "Las Palmas" es una construcción de un solo piso con paredes de ladrillo visto y letreros de neón parpadeantes.

El letrero de "Habitaciones Libres" emite un zumbido eléctrico constante que se escucha desde el aparcamiento.

El hombre aparca la camioneta justo enfrente de la puerta número cuatro.

Apaga el motor.

El silencio que sigue es repentino, profundo, roto solo por el chasquido del metal del motor al enfriarse.

La niña duerme en el asiento del copiloto, con la cabeza apoyada contra la puerta y el conejo de trapo entre los brazos.

El hombre se queda inmóvil unos minutos.

Observa las gotas de lluvia fina que comienzan a golpear el parabrisas.

Cada gota refleja la luz verde y roja del neón exterior.

Abre la puerta con cuidado para no despertar a la niña.

Baja del vehículo y camina hacia la oficina de recepción.

Detrás del mostrador de plástico simulando madera, un hombre anciano con gafas de lectura gruesas lee un periódico atrasado.

—Una habitación con dos camas —dice Arthur, dejando un billete arrugado sobre el mostrador.

El recepcionista levanta la vista.

Mira la ropa manchada de barro del hombre, sus nudillos desgastados y la mirada cansada que no busca conversación.

—Son cuarenta por la noche —dijo el recepcionista, deslizando una llave con un llavero de plástico pesado de color amarillo—. La calefacción funciona, pero tarda unos diez minutos en calentar.

Arthur toma la llave.

—Gracias.

Vuelve a la camioneta, abre la puerta del copiloto y toma a la niña en brazos.

Mia no se despierta del todo.

Modorra un susurro incomprensible y apoya su cara fría en el cuello de su padre.

El hombre abre la puerta de la habitación número cuatro.

El olor a limpiador de pino y a humedad ligera los recibe.

Acomoda a la pequeña sobre una de las camas de cubierta floreada.

Le quita los zapatos de charol negros, que caen al suelo con dos golpes secos.

Le retira el abrigo de lana beis y la cubre con la manta pesada.

Mia se acurruca al instante, haciéndose una bola pequeña bajo las cobijas.

Arthur camina hacia la ventana.

Mueve apenas el borde de la cortina gruesa para mirar hacia la carretera.

Ningún vehículo se ha detenido.

Solo el camión nocturno de la basura pasa a lo lejos, levantando un chorro de agua del asfalto húmedo.

Se saca el reloj de oro del bolsillo.

Lo coloca sobre la mesita de noche, junto a la lámpara de tulipa amarilla.

El reloj emite un tictac rítmico, constante, limpio.

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Un sonido que parece llenar cada rincón de la pequeña habitación de motel con una presencia antigua y serena.

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