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Chapter 1 - El eco del chasquido

El polvo flotaba en la franja de luz solar que atravesaba el ventanal del aula.

Nueve milímetros de madera barnizada cruzaron el aire con un silbido seco.

El impacto no tocó la piel aún, pero el sonido rebotó contra la pared de yeso amarillo.

Mateo encogió los hombros hasta casi desaparecer dentro del cuello de su polo azul claro.

Sus rizos castaños estaban húmedos en las sienes.

Dos gotas gruesas rodaron por la curva infantil de su mejilla izquierda, dejando un reguero brillante sobre la piel enrojecida.

Un segundo silbido cortó el aire.

Zas.

El niño apretó los párpados con tanta fuerza que sus pestañas temblaron como alas de mariposa atrapadas.

Sus dedos pequeños, cortos y redondos, se clavan en la tela de su pantalón kaki.

El tejido se arrugó bajo la presión de unas uñas mofletudas que buscaban un punto de anclaje en el mundo.

A su derecha, la estantería de madera clara exhibía un camión verde con la rueda trasera rota.

El aire en esa esquina olía a cera de piso, pegamento escolar y miedo rancio.

Un miedo denso, con sabor a hierro.

—Quédate quieto —resonó una voz desde la altura.

No era un grito estruendoso. Era un siseo áspero, cargado de una paciencia podrida.

—Ni siquiera eres capaz de seguir una instrucción tan simple.

La suela de un zapato de tacón bajo raspó el suelo de linóleo.

Un centímetro hacia adelante.

El cuerpo de Mateo, de penas tres años cumplidos en mayo, se replegó aún más contra el vértice donde se unían las dos paredes amarillas.

Sus rodillas chocaron entre sí.

El pequeño diafragma del niño se contrajo en un espasmo mudo.

Quería inhalar, pero el oxígeno parecía haber sido sustituido por cristal molido.

—Llorar no te va a salvar, Mateo. Aquí no están tus padres para compadecerse de tus caprichos.

El tercer chasquido cortó el aire con más fuerza.

Zas.

El aire desplazado por la vara de madera rozó las hebras de su cabello castaño.

Mateo no abrió los ojos.

En su mente de tres años, si no veía la madera, la madera no existía.

Si se volvía tan pequeño como una hormiga, la sombra alta no podría alcanzarlo.

Un sollozo ahogado se le escapó por la garganta, un sonido fino como el gemido de un cachorro al nacer.

La sombra sobre él se hizo más ancha.

El calor corporal de la mujer olía a perfume de lavanda sintética y café frío.

En el estante, el camión verde parecía mirar la escena con su único faro intacto.

Un lápiz de color cera rojo yacía partido en dos sobre la alfombra de goma eva.

Nadie se movía en el resto de la habitación.

El tiempo se había congelado en ese rincón sofocante.

El niño volvió a apretar los puños dentro de los bolsillos vacíos de su pantalón.

Sus nudillos estaban blancos.

La madera volvió a elevarse, trazando una parábola invisible sobre la cabeza del pequeño.

El barniz amarillo de la regla reflejó un destello de la lámpara fluorescente del techo.

Mateo esperó el golpe inevitable.

Su respiración era un silbido entrecortado.

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El mundo infantil se había reducido a tres cosas: el olor a lavanda agria, la pared amarilla y el dolor que estaba a punto de llegar.

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