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Chapter 8 - El muñeco sin oreja

Una hora más tarde, el aula estaba vacía de niños.

Los padres, avisados por llamadas telefónicas caóticas, habían ido a recoger a sus hijos en medio de un ambiente de secreto y especulación.

En el centro del aula, dos agentes de policía con uniformes oscuros tomaban notas en libretas digitales.

Sterling, el director, estaba apoyado contra la mesa de la profesora, ajustándose la pajarita por décima vez.

—Señora Vance —dijo el agente más mayor, acercándose a Elena—, hemos confiscado el disco duro del sistema de videovigilancia. El trozo de tela gris ha sido recogido como prueba de intencionalidad de ocultación.

Elena estaba sentada en una silla de madera de tamaño adulto que Sterling había mandado traer a toda prisa.

Mateo estaba dormido en sus brazos, agotado por el llanto y el cansancio acumulado.

El pequeño respiraba con un ritmo pesado y regular, con el rostro pegado a la chaqueta de Elena, que ella le había colocado por encima como una manta.

—¿Dónde está Lucía Méndez? —preguntó Elena al agente.

—Está en la patrulla, retenida —respondió el policía—. Hay denuncias previas de otros padres que fueron archivadas por falta de pruebas directas. Con este vídeo, no habrá archivo posible.

Sterling dio un paso adelante, intentando intervenir.

—Agente, como dije, la institución está dispuesta a colaborar en todo. Lucía ha sido suspendida de empleo y sueldo de inmediato...

Elena se levantó despacio para no despertar a Mateo.

Acomodó el cuerpo del niño sobre su hombro izquierdo, sujetándolo con un brazo firme.

Con la mano derecha libre, sacó una pequeña tarjeta de visita de color negro con letras plateadas de su bolso.

Se la tendió a Sterling.

El director la tomó con dedos vacilantes.

—Ese es el teléfono de mi bufete de abogados principal —dijo Elena.

—Elena, podemos llegar a un acuerdo extrajudicial. La reputación de la escuela...

—Mañana a las nueve de la mañana —dijo Elena, cortando las palabras del director como una guillotina—, se presentará una demanda por negligencia criminal, encubrimiento, maltrato infantil y falso testimonio contra la junta directiva.

—¡Esto destruirá la academia! —exclamó Sterling, perdiendo por completo la compostura.

—Ese es el objetivo, Arthur —respondió Elena con una calma helada—. No quiero tu dinero. Quiero las llaves de este edificio para poder cerrarlo yo misma.

Se giró hacia el agente de policía.

—Agente, mi chofer está abajo. Si necesitan la declaración ampliada de mi hijo, será en mi casa, en presencia de un psicólogo infantil acreditado por mí.

—Entendido, señora Vance —asintió el policía, mostrando un respeto instintivo hacia la mujer.

Elena caminó hacia la puerta.

Antes de salir, se detuvo junto a la papelera donde reposaba la franela gris.

Con la punta del zapato, empujó un pequeño objeto que yacía al lado de la papelera.

Era una oreja de trapo, arrancada de un muñeco antiguo de la clase.

Mateo se agitó ligeramente en su sueño, buscando el cuello de su madre.

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Elena apretó al niño un poco más contra su cuerpo, cruzó el umbral de la puerta y dejó atrás el rincón amarillo para siempre.

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