Chapter 2 - El paño gris sobre el cristal

A cuatro metros de la esquina, sobre una mesa redonda de plástico azul, reposaba un libro de cuentos ilustrados.
Las páginas mostraban un oso sonriente comiendo miel.
Junto al libro, un par de manos pequeñas mantenían sujetada una cera de color azul marino.
Oliver no coloreaba.
Sus ojos, grandes y claros bajo un flequillo de pelo rubio muy liso, estaban fijos en la espalda de la profesora.
Oliver tenía cinco años.
A los cinco años, el mundo ya no era un borrón de colores como a los tres.
A los cinco años, los adultos mentían con la boca sonriente, pero sus manos decían la verdad.
Oliver vio cómo el nudillo de la mano derecha de la mujer se ponía blanco al apretar la madera.
Vio la sombra alargada que cubría por completo la figura encogida de Mateo.
En el techo, justo en la moldura donde la pared amarilla encontraba el yeso blanco, había una pequeña caja negra.
Durante meses, esa caja había estado cubierta por un trozo de franela gris, gastada por el polvo.
Los adultos decían que esa caja estaba "dormida".
La maestra siempre decía que la caja no veía nada porque tenía sueño.
Oliver sabía que las cosas no duermen.
Las cosas solo están tapadas.
El niño rubio soltó la cera azul.
El trozo de cera rodo en silencio sobre la mesa de plástico hasta caer sobre la alfombra sin hacer ruido.
Oliver se puso en pie.
Sus zapatillas de lona azul oscuro no emitieron el menor chasquido sobre la goma del suelo.
Avanzó paso a paso, manteniendo la mirada baja, como si buscase una canica perdida.
Pasó junto al estante de los cuentos.
Pasó junto a la mesa donde otros dos niños moldeaban plastilina verde sin atreverse a levantar la cabeza.
El miedo en el aula era una nube invisible pero pesada que obligaba a todos a mirar el suelo.
Oliver se detuvo a medio metro de la pared principal.
Frente a él colgaba la bandera de tela con franjas rojas y blancas.
Arriba, a la altura de su brazo extendido si se subía al borde del zócalo, colgaba la tela gris.
El niño no miró a la maestra.
No miró a Mateo, que seguía sollozando en silencio con los ojos cerrados.
Oliver estiró la mano derecha.
Sus dedos infantiles, delgados y precisos, rozaron el borde deshilachado de la franela.
La tela estaba fría y áspera.
Tenía el olor del polvo acumulado durante meses de engaño.
Oliver apretó los dedos sobre el dobladillo.
No dudó.
No miró hacia atrás.
Tiró hacia abajo con un movimiento seco, limpio y vertical.
La franela gris se desprendió con un leve suspiro de aire.
Cayó al suelo como una hoja muerta, acumulándose en un círculo sin forma junto a sus zapatillas.
Al descubierto quedó una lente de cristal oscuro, limpia, reluciente bajo la luz fría de los tubos del techo.
Un pequeño diodo infrarrojo parpadeó una vez.
Luego dos.
Una luz roja, diminuta como una gota de sangre fresca, se encendió en el centro de la lente.
El ojo de cristal estaba despierto.
Oliver dio un paso atrás, recogió la franela del suelo con la punta de los dedos y la dejó caer dentro de la papelera de reciclaje.
Luego volvió a su mesa.
Se sentó en su silla azul.
Tomó la cera azul marino que había caído a la alfombra.
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Y volvió a pintar la oreja del oso con una calma aterradora.
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