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Chapter 3 - La pantalla en el piso cuarenta

A catorce kilómetros de la escuela, el aire acondicionado del piso cuarenta sonaba como un zumbido monótono y distante.

Las paredes del despacho eran de cristal templado.

Más allá del cristal, la ciudad se extendía como un tablero de piezas grises bajo un cielo plomizo.

Elena Vance no miraba la ciudad.

Sus dedos, largos y adornados con un solo anillo de platino sin piedra, volaban sobre el teclado de un ordenador portátil de aluminio negro.

Llevaba una chaqueta de sastre de color azul noche, perfectamente ajustada a sus hombros rectos.

Su cabello castaño estaba recogido en un moño bajo, ni un solo pelo fuera de su sitio.

Sobre la mesa de cristal no había papeles desordenados.

Solo una taza de porcelana blanca con café solo, ya frío, y un teléfono móvil con la pantalla apagada.

Un tono agudo rompió la monotonía del despacho.

No era el timbre del teléfono. Era una alerta del sistema de seguridad privado de su portátil.

Una pequeña ventana emergente parpadeó en la esquina inferior derecha del monitor.

Conexión restablecida: Canal 04 - Aula Párvulos.

Elena no detuvo el movimiento de sus dedos inmediatamente.

Estaba acostumbrada a las falsas alarmas del software de la empresa.

Pero el indicador pasó de color ámbar a un verde fluorescente y sangriento.

La señal en directo se desplegó automáticamente en el centro de la pantalla de alta resolución.

El contraste era brutal.

En su despacho reinaba el tono frío del acero y el vidrio.

En la pantalla explotó el amarillo brillante y caluroso del aula infantil.

Elena parpadeó.

Su mirada se posó en la esquina inferior izquierda de la transmisión.

Allí estaba Mateo.

Su pequeño Mateo.

El niño llevaba el polo azul que ella misma le había abotonado esa mañana a las siete y veinte.

Recordó el olor a colonia de bebés y a tostadas con mantequilla.

Recordó cómo el niño había dicho: "Mamá, hoy no quiero ir, la mesa me mira mal".

Ella le había besado la frente y le había dicho que no fuera tonto, que la profesora Lucía era muy buena.

En la pantalla, el niño estaba aplastado contra la pared.

Sus pequeños hombros se sacudían con una violencia rítmica que Elena conocía muy bien.

Estaba sufriendo un ataque de pánico.

Elena dejó caer las manos sobre el escritorio de cristal.

El sonido de sus uñas impactando contra el vidrio fue como un chasquido de hielo al romperse.

La cámara enfocó la figura de la profesora Lucía.

Sostenía una regla de medir de madera amarilla, alzada sobre la cabeza del niño.

El barniz de la regla brillaba.

La mano de Elena se cerró en un puño sobre la superficie pulida de la mesa.

Los nudillos se le pusieron tan blancos que la piel pareció volverse transparente.

En las pupilas de Elena se reflejó la luz del monitor.

Un brillo rojo, intenso, casi irreal, pareció encenderse en el fondo de sus ojos oscuros.

No era una ilusión óptica. Era la manifestación física de una furia animal, ancestral, ejecutiva y helada.

Toda la sofisticación de la ejecutiva de finanzas se evaporó en un microsegundo.

El aire dentro del despacho pareció perder tres grados de temperatura.

Un empleado que pasaba al otro lado de la pared de cristal se detuvo, sintiendo una ola de presión invisible que cruzaba el pasillo.

Elena no respiraba.

Sus fosas nasales se dilataron ligeramente.

La vena fina que cruzaba su sien izquierda comenzó a latir con una fuerza salvaje.

En la pantalla, la regla amarilla inició su descenso hacia el cuerpo de su hijo.

Elena se levantó de la silla con tal violencia que el sillón de cuero salió despedido hacia atrás, chocando contra el ventanal con un golpe sordo.

La taza de porcelana se tambaleó.

El café frío se derramó sobre la mesa impecable, creando una mancha oscura que comenzó a gotear hacia el suelo.

Elena no miró el café.

Solo miraba la pantalla.

Su boca se abrió en una mueca de rabia pura, mostrando unos dientes apretados.

—¡Suéltalo! —rugió la mujer hacia la pantalla de cristal.

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La voz no sonó humana. Fue un rugido ahogado que vibró en las paredes del despacho.

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