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Chapter 4 - La regla congelada en el aire

En el aula, la regla de madera estaba a mitad de su trayectoria descendente.

Lucía Méndez disfrutaba de esos segundos.

Había algo profundamente adictivo en el control absoluto sobre cuerpos tan pequeños que no podían defenderse.

El silencio del aula era su obra de arte diaria.

Mateo no se movía.

El niño ya ni siquiera respiraba, esperando el impacto del barniz amarillo sobre sus muslos cubiertos por la tela kaki.

De pronto, un clic metálico resonó en la parte alta de la pared.

Fue un sonido imperceptible para cualquiera, pero Lucía tenía el oído entrenado para detectar cualquier alteración en su dominio.

La profesora detuvo el brazo en seco.

La regla quedó suspendida en el aire, a escasos diez centímetros de los rizos castaños del niño.

Un hilo de sudor frío bajó por la nuca de Lucía, colándose bajo el cuello rígido de su blusa color beis.

Instintivamente, la mujer levantó la vista.

El trozo de franela gris ya no estaba en la esquina del techo.

En su lugar, el cristal negro de la lente de la cámara la miraba fijamente.

Y en el centro del cristal, un diodo rojo parpadeaba con la precisión de un reloj de bomba.

Parpadeo. Parpadeo. Parpadeo.

La tez de Lucía, normalmente de un tono trigo saludable, se volvió del color del papel ceniza.

La boca de la maestra se abrió ligeramente, dejando ver unos dientes manchados de lápiz de labios descolorido.

Su mano derecha, la que sostenía la vara de medir, comenzó a temblar.

El peso de la madera amarilla, que un segundo antes parecía ligero como una pluma, se volvió insoportable.

Sus dedos perdieron la fuerza.

La regla resbaló de su palma.

Cayó al suelo con un estrépito de madera seca sobre linóleo.

Clac-clac-clac.

El sonido rebotó en las cuatro esquinas del aula.

Mateo abrió los ojos muy despacio.

Vio la regla tirada a pocos centímetros de sus zapatillas de velcro.

Vio la cara de la profesora Lucía.

Ya no parecía una gigante malvada.

Parecía un fantasma asustado que miraba hacia el techo como si el cielo se estuviera cayendo a pedazos.

Lucía dio un paso atrás, tropezando con el borde del estante de los juguetes.

Un cubo de madera con la letra 'A' cayó al suelo.

—¿Quién... quién ha tocado eso? —susurró la mujer con una voz rasposa que no reconocía como suya.

Nadie respondió.

En la mesa redonda, Oliver seguía coloreando la oreja del oso.

El lápiz cera azul marino trazaba círculos perfectos, apretando la punta contra el papel con una precisión metódica.

Lucía miró a los niños.

Todos tenían las cabezas gachas.

Todos parecian inocentes.

Pero la luz roja de la cámara seguía parpadeando, registrando cada poro de su piel aterrorizada, cada gota de sudor que bajaba por su frente, la regla tirada en el suelo como una prueba irrefutable.

La profesora levantó la mano para intentar cubrirse el rostro.

Pero era demasiado tarde.

El ojo de cristal ya lo había visto todo.

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Y al otro lado de ese ojo, la tormenta ya se había desencadenado.

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