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Chapter 10 - La sombra que no vuelve

Tres semanas después.

El otoño había llegado a la ciudad, tiñendo las hojas de los árboles del jardín de un color dorado y crujiente.

En el porche trasero de la casa, Mateo caminaba sobre la madera de la terraza.

Llevaba unas botas de agua amarillas que hacían un sonido alegre con cada paso.

Chop. Chop.

A su lado, Oliver corría tras un balón de fútbol de tamaño pequeño.

La madre de Oliver, una mujer tranquila de cabello rubio, estaba sentada en la mesa del porche conversando con Elena mientras tomaban té caliente.

—No sabía lo de la cámara —dijo la madre de Oliver, mirando a su hijo correr por el césped—. Oliver nunca habla mucho. Solo dijo que la tela olía a viejo y que le tapaba los ojos al dibujo del techo.

Elena sostuvo la taza de té con ambas manos, sintiendo el calor que emanaba de la porcelana.

—Tu hijo salvó al mío —dijo Elena mirándola fijamente—. No hay nada en este mundo con lo que pueda pagarte eso.

—Los niños ven las cosas como son —dijo la otra mujer con sencillez—. Los adultos le ponemos nombres complicados a todo. Ellos solo ven si algo está bien o está mal.

En el jardín, la pelota de fútbol rodo hasta detenerse junto al borde de un cantero de flores.

Mateo corrió hacia ella con sus botas amarillas.

Tropezó con la raíz de un arce y cayó de rodillas sobre la hierba húmeda.

Elena se puso en pie instintivamente, apoyando las manos sobre la mesa de madera.

Por un segundo, la memoria muscular del pánico volvió a tensar sus hombros.

Pero en el jardín, Mateo no lloró.

Se miró las rodillas manchadas de tierra.

Miró a Oliver, que se había detenido a dos metros de distancia esperando.

Mateo se apoyó con las dos manos en la hierba, levantó el culo infantil en el aire y se puso en pie solo.

Se sacudió la hierba de los pantalones con dos golpes torpes de sus manos pequeñas.

—¡Estoy bien! —gritó Mateo hacia el porche, con una voz alta, clara y llena de espacio.

Luego le dio una patada a la pelota, que salió rodando de forma irregular hacia donde estaba Oliver.

Elena volvió a sentarse en la silla de teca.

Exhaló un aire largo y profundo que parecía haber estado atrapado en sus pulmones desde hacía meses.

El sol de la tarde iluminó la terraza, reflejándose en los cristales impecables de la casa.

Ya no había pantallas con luces rojas parpadeantes.

Ya no había reglas de madera colgadas sobre rizos castaños.

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Ya no había sombras en los rincones amarillos.

Solo el sonido de dos pares de botas infantiles corriendo sobre la hierba, persiguiendo un balón que rodaba bajo la luz libre de la tarde.

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