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Chapter 7 - Los pliegues de la mentira

La puerta del aula de párvulos se abrió sin hacer ruido.

El olor a cera, crayones y miedo rancio volvió a envolver a Elena.

Los niños estaban alineados en una alfombra ovalada, mirando fijamente un cuento ilustrado que nadie leía.

En la esquina del fondo, junto a la pared amarilla y la estantería de madera, Mateo seguía sentado en el suelo.

Tenía las piernas cruzadas y los brazos fuertemente apretados contra el pecho.

Sus rizos castaños estaban pegados a la frente por el sudor seco.

Elena sintió que algo se le rompía en el centro del pecho, un crujido físico que le quitó el aire durante un segundo.

Se quitó la chaqueta azul noche y la dejó caer sobre una silla infantil de color verde sin prestarle atención.

Caminó hacia la esquina.

Sus tacones, sobre la alfombra de goma eva, no hicieron ningún sonido.

Se arrodilló sobre el linóleo frío.

El pantalón de sastre de tres mil dólares se manchó con el polvo de la esquina, pero a Elena no le importó.

—Mateo —susurró.

El niño no se movió.

Tenía la cabeza escondida entre los brazos.

—Mateo, mi amor. Es mamá.

El pequeño hombro del niño se agitó con un espasmo.

Despacio, muy despacio, los pequeños brazos se abrieron.

Dos ojos castaños, enormes, enrojecidos y llenos de venitas rotas, miraron la cara de Elena.

—¿Mamá? —la voz del niño era un hilo de aire roto.

—Sí, mi vida. Soy yo.

Mateo no saltó a sus brazos.

Su cuerpo infantil estaba tan rígido por las horas de tensión que tardó varios segundos en aflojar los músculos.

Elena no lo apresuró.

Extendió las manos con la palma hacia arriba, esperando sobre el suelo frío.

El niño se arrastró unos centímetros sobre las nalgas hasta colarse en el regazo de su madre.

Elena lo envolvió con sus brazos.

Pegó la mejilla del niño contra su cuello, sintiendo el calor febril de su piel y el olor a colonia de bebés mezclado con el sudor del pánico.

Mateo escondió la nariz en la seda de la blusa blanca de Elena.

—La señora de madera... —murmuró el niño contra la piel de su madre.

—Ya no está, mi amor —dijo Elena, acariciando los rizos húmedos con la palma de la mano—. Ya no va a volver nunca más.

—Dijo que las lágrimas no salvan a nadie —susurró Mateo.

Elena cerró los ojos.

El brillo rojo pareció pulsar detrás de sus párpados cerrados.

—Las lágrimas no —dijo Elena, apretando al niño contra su pecho con una fuerza desesperada pero suave—. Pero yo sí.

A su lado, unos pasos ligeros se detuvieron.

Elena abrió los ojos.

El niño rubio de la mesa redonda, Oliver, estaba de pie a un metro de distancia.

Llevaba en la mano el camión verde con la rueda trasera rota.

Oliver miró a Elena.

Luego miró a Mateo.

Estiró el brazo y dejó el juguete roto en el regazo de Mateo.

—Le falta una rueda —dijo Oliver con la lógica aplastante de sus cinco años—. Pero todavía puede andar si lo empujas por la izquierda.

Elena miró al niño rubio.

Vio la franela gris que asomaba en la parte superior de la papelera de reciclaje a pocos metros.

Vio los dedos del niño, ligeramente manchados de cera azul marino.

Elena inclinó la cabeza hacia Oliver.

—Gracias —dijo la mujer.

Oliver no sonrió.

Solo asintió con la cabeza una vez, con la gravedad de un adulto envuelto en el cuerpo de un niño de preescolar.

—La caja del techo ya no tiene sueño —dijo Oliver.

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Y sin decir nada más, se dio la vuelta y regresó a su mesa a terminar de pintar el oso.

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