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Chapter 5 - "Póngame con el director. Ahora."

En el piso cuarenta, el teléfono móvil sonó sobre la superficie cubierta de café.

Elena ni siquiera tuvo que buscarlo. Sus dedos se cerraron sobre el aparato de aluminio con la precisión de una tenaza de acero.

Deslizó el pulgar por la pantalla sin apartar los ojos del portátil.

En la transmisión en directo, veía a la profesora Lucía retroceder, pálida, mirando la cámara con pánico.

Elena pegó el teléfono a su oreja derecha.

Su respiración era tan lenta y profunda que rozaba lo inhumano.

El brillo rojo de sus ojos se reflejaba en el marco metálico del teléfono.

—Centralita de la Academia Montessori San Gabriel, buenos días, ¿en qué puedo...? —habló una voz dulce de recepcionista.

—Póngame con el director. Ahora —interrumpió Elena.

Su tono de voz no era alto.

Era una orden ejecutada en una frecuencia tan baja y helada que la recepcionista al otro lado de la línea se quedó helada.

—Señora... la directiva está en una reunión de presupuesto y no se pueden interrumpir las...

—Tiene tres segundos —dijo Elena.

Su voz cortaba como una hoja de bisturí recién afilada.

—Si en tres segundos Arthur Sterling no está al teléfono, la policía de la ciudad estará derribando la puerta principal de su edificio en diez minutos. Y las cadenas de televisión locales estarán en el aparcamiento en doce.

Un silencio aterrorizado dominó la línea.

Se escuchó el sonido de un teclado siendo golpeado con desesperación y el clic metálico de una transferencia de llamada.

En la pantalla del portátil, Elena vio cómo Lucía intentaba recoger la regla del suelo con manos temblorosas.

—¿Hola? ¿Quién habla? Soy Arthur Sterling, director del centro. Le exijo que modere su lenguaje si está llamando a este...

—Sterling —la voz de Elena era un hilo de veneno concentrado—. No se mueva de su sillón de piel.

—¿Señora Vance? ¿Es usted? Mire, si se trata de la cuota del trimestre de Mateo, le aseguro que podemos llegar a un...

—Mira la pantalla de tu ordenador, Arthur —ordenó la mujer.

Se escuchó el crujido de la silla de cuero del director al reacomodarse, seguido del tiroteo de clics de un ratón.

Tres segundos de silencio.

Luego, un jadeo ahogado al otro lado de la línea.

—Dios mío... —susurró Sterling.

—Tu profesora de párvulos acaba de alzar una regla de madera contra mi hijo —dijo Elena, pronunciando cada sílaba como si estuviera clavando un estaca de hierro—. El trozo de tela que tapaba la cámara cuatro ya no está.

—Señora Vance, esto... esto debe ser un malentendido, un ejercicio pedagógico de disciplina positiva o...

—Si la profesora Lucía sigue dentro del aula cuando yo cruce la puerta de su colegio —dijo Elena, caminando ya hacia la salida de su despacho sin colgar—, no voy a usar a mis abogados, Arthur. Voy a destruirte a ti, a tu colegio y a cada persona que haya encubierto esto.

Elena cruzó el umbral del despacho.

Sus tacones de aguja de ocho centímetros impactaron contra el mármol del pasillo principal con un sonido seco, metálico, rítmico.

Tack. Tack. Tack.

Los empleados a su paso se apartaban a los lados, pegándose a los muros, intuyendo la marea destructiva que se aproximaba.

—Voy para allá —dijo Elena antes de cortar la llamada.

Metió el teléfono en el bolsillo de su chaqueta.

Sus ojos, fríos, calculadores y alimentados por un fuego absoluto, miraban fijamente las puertas del ascensor ejecutivo.

Las puertas de acero inoxidable se abrieron con un gemido electrónico.

Elena entró.

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Las puertas se cerraron, separándola del resto del mundo, mientras la cabina comenzaba su descenso vertiginoso hacia la calle.

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